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Appareances & Cheats.

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Long Fic Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Vie Abr 25, 2014 2:26 am

• Género. Drama, misterio, psicológico, hurt/comfort, romance.
• Clasificación. T / +16
• Total de capítulos. 8
• Lista de capítulos.
Spoiler:

PRÓLOGO I.
Rumores.

¿A quién engañaba? No le gustaba, y lo sabía desde que todo aquello había empezado.

Recordaba aquella vez en el colegio cuando solo era un mocoso con una extraña obsesión por los dragones y exasperaba a todos los profesores con su personalidad revoltosa y destructiva. La maestra estaba a punto de salir de sus cabales. ¡Cómo quería callar a esa manada de pequeños demonios! Corrían de un lado a otro, se jalaban los cabellos o comían cosas que un humano no comería. ¿Qué acaso eran extraterrestres? No lo dudaba. Aquellos demonios debían de haber venido de otra parte, pero del Planeta Tierra no.

Se cruzó de brazos, con el ceño fruncido.

Pero ese semblante se fue tan pronto escuchó un gimoteo.

Una niña pequeña, de cortos cabellos blancos y ojos azules como el cielo sobresalía entre los demás al ser la única quieta. Lloraba en su esquina como una magdalena. Podía estar molesta por la hiperactividad de los niños pequeños, pero verlos llorar le partía el corazón. Cada vez que necesitaban su ayuda, recordaba la razón de haber estudiado para ser profesora de jardín infantil.

—Lisanna, cariño —susurró la profesora a la niña de cabellos blancos mientras se acercaba a ella y la abrazaba maternalmente—. Dime, ¿por qué estás llorando?

Lisanna le contó todo entre sollozos; un rumor falso sobre ella se había esparcido y ahora ninguna persona quería jugar con ella. La profesora, molesta, logró reunir a todos los pequeños estudiantes en un círculo. Natsu, sin entender nada, obedeció de milagro, pero sin saber por qué la profesora quería ponerlos a jugar de repente ese juego llamado Teléfono Roto* mientras una niña de cabellos blancos se escondía detrás de esta. Al final del juego, y al ver como la frase del principio había sido cambiada por una completamente diferente, la profesora les explicó que eso mismo pasaba con los rumores. Al pasar de boca en boca, se deformaba tanto que ya la verdad no se podía ni vislumbrar. Al final, todos entendieron que aquel rumor sobre Lisanna era mentira y volvieron a jugar con ella como si nada hubiera pasado.

Eran niños pequeños, aún con la mente inocente y abierta a cualquier explicación por más loca que fuera.

Eso era lo único que había salvado a Lisanna en aquella ocasión.

Desde aquel momento, en que vio a la albina de ojos azules llorando a mares por culpa de un rumor, Natsu odió todo lo que tuviera que ver con rumores. En ese momento no era amigo de Lisanna, ni siquiera le había dirigido la palabra. Luego de eso, se atrevió a hablarle. Se volvieron grandes amigos, los mejores. Y en un acto impulsivo de Natsu, le prometió que le cuidaría siempre de todas las falsas verdaderas que alguna vez pudieran llegar a decirse sobre su mejor amiga de la infancia. Aún sin pensar en las consecuencias que eso podría acarrearle.

Los susurros empezaban. Aquello lo detestaba. Nunca le había gustado que otros hablaran en voz baja. Tenía muy bien oído, pero como hablaban tan bajo, sus palabras eran transformadas en simples chirreos que le martirizaban el oído.

Natsu frunció el ceño, exasperado.

Las personas a sus lados se encogieron en sus asientos, y solo por un momento los susurros pararon, para alivio de Natsu.

No le gustaba que le tuvieran miedo de esa forma. Él seguía siendo aquel niño de cinco años con problemas de hiperactividad y obsesión a los dragones, solo que nadie se daba cuenta debido a la forma en que tenía que actuar. Él no era el pervertido, mujeriego y problemático joven de diecisiete años que todo el mundo creía que era. Él no bebía ni llevaba cada semana una joven diferente a su cama para hacer otra cosa que no era dormir. Tampoco tenía problemas con sus padres, como solían decir por ahí de él. Ni sus malas notas eran debido a creerse el chico rebelde.

Si tenía la costumbre de meterse en problemas, pero solo por crear catástrofes con sus actos impulsivos y exagerados. Sus malas notas eran solo reflejo de siempre quedarse babeando sobre sus cuadernos y libros a la hora de estudiar. Y el rumor sobre que se llevaba mal con sus padres seguía sin saber de dónde lo sacaban. El resto no era más que pura mentira; su mente era tan inocente que nunca entendía el doble sentido y uno de sus puntos fuertes era su respeto por las mujeres. Además, la única bebida que le aficionaba era la soda, y eso todos sus amigos lo sabían.

Chirrió los dientes, queriendo poder romper un par de cosas como siempre hacía cuando actuaba como el mismo.

—¡Natsu! —aquella voz la conocía de memoria, ya que su dueña era la causante de todos sus males ahora. Lisanna había sido y seguiría siendo la causante de todos los malos rumores que corrían sobre él. No le detestaba por eso, no podía; era como su hermana pequeña, aquella que juró proteger de todo lo malo que se podría decir de ella.

Giró la cabeza con lentitud para poder fijarla en Lisanna, la cual le miraba con una expresión de emoción mientras corría hacia él. La albina se lanzó a Natsu, rodeándole el cuello con los brazos y rápidamente dándole un fugaz beso en los labios.

Natsu se contuvo de hacer una mueca de asco. Todos los besos de Lisanna le sabían desagradable, no porque fuera mala besando, sino porque era su hermana menor y nunca podría mirarla de una manera más allá de eso. Y eso lo sabía ella desde el día en que se le declaró. A diferencia de Natsu, ella nunca logró verlo como un hermano, sino como mucho más que eso. Era su primer mejor amigo y primer amor, uno que seguía perdurando aún después de tantos años.

La gente les miraba fijamente, y ambos lo notaban.

Así es como debe ser, se recordó Natsu para tranquilizarse cuando los susurros empezaron a correr de nuevo.

Lisanna no notó su desagrado por lo que pasaba. Ella vivía en su mundo ensueño, siendo la novia de su amigo de la infancia y capitán del equipo de básquet de la mejor academia en deportes de Fiore mientras que ella era la típica capitana de las animadoras con un cuerpo para morirse aunque fuera una completa santa. Sin embargo, en el fondo sabía que todo era una mentira, solo rumores mal esparcidos que le habían metido en aquella situación. Pero ignoraba esa verdad.

Ellos debían ser el chico rebelde y la chica perfecta.

Así es como ella siempre había soñado que sería y así era en aquellos momentos, aunque ese escenario no había sido creado con hechos reales.

Ambos sabían que algún día toda aquella farsa debía caer algún día, para felicidad de Natsu y tristeza de Lisanna.

Rumores, rumores, rumores.

Creaban una vida efímera, sin cabeza ni pies. Todo lo que creaban era mostrar una historia diferente a la verdadera, en la que solo existían las apariencias y los engaños. Era como si los rumores los encerrara en una burbuja que distorsionada para que las personas fueran solo capaces de ver la burbuja, que mostraba solo la persona que los rumores formaban.

Natsu a veces quería volver en el tiempo para retirar su promesa. Había prometido que la cuidaría de todos los rumores que ella considerara malos o le hicieran quedar mal, pero no contaba en que no todo lo que él considerara malo, ella también lo viera mal. Ni que tuvieran que crear nuevos para reemplazar anteriores. Ni mucho menos que él se viera involucrado. Más bien, no le había prometido romper la burbuja, sino modificarla para que fuera de su agrado.

La profesora había salvado a Lisanna en aquel entonces de la burbuja que apenas había aparecido, la había roto con un simple juego. Pero ahora eran grandes y no se tragarían cualquier excusa que los dejara satisfechos. No era tan fácil romper la burbuja con un juego.

Y Natsu no tenía a nadie que la rompiera. Estaba atrapado entre miles de burbujas, una tras otra. Quería romperlas, pero no podía hacerlo solo sin que otros se vieran afectados, más que todo la persona por la que las burbujas habían empezado a aparecer. Al principio había aparentado que no le importaba verse afectado también por los rumores, pero ya no era fácil ocultar lo tanto que le fastidiaba desde el inicio.

Estaba atrapado, sin ninguna salida.

Una vida falsa, solo creada por apariencias y engaños, burbujas distorsionadas.




Última edición por Alex Beckhamm el Lun Jun 09, 2014 1:15 am, editado 5 veces
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Mar Abr 29, 2014 1:00 am

PRÓLOGO II.

Mentiras Reconfortantes.



Estaba sola, atrapándose a sí misma dentro de su refugio alejado de las personas.

No quería encariñarse con personas, ya que tarde o temprano estas la abandonarían. Ella no era fuerte, no sería capaz de soportar nuevamente perder a una persona preciada. Y era por eso que se encerraba dentro de sí, evitando tener contacto con la gente. No quería tener más perdidas. Sin embargo, algo se removía en su interior siempre que alguien se acercaba; quería, ansiaba algún tipo de contacto, no quería estar más tiempo sola.

Se sentía fría, sin un lugar. Deseaba tener aquel calor que le proporcionaba su madre cada noche en el que le decía un dulce "me quedaré contigo siempre" para que fuera capaz de dormir. Pero esa frialdad la había creado sus mentiras. No era tonta, ni mucho menos. Siempre supo que su madre mentía. Cada vez que le decía que se quedaría toda la noche con ella para que el monstruo no viniera a comerla, Lucy sabía que solo se quedaría hasta que callera dormida. Pero se contentaba con eso; una mentira piadosa, una mentirita para hacerla sentir bien.

—Podría reconsiderarlo…

—Será lo mejor que le pase a su empresa, ¡lo prometo! —Una mentira piadosa, una verdad a medias, a nadie le haría daño, ¿verdad? Si se hacía con buenas intenciones, no tenía que preocuparse por ir al infierno—. Entonces, ¿qué dice?

A estas alturas de su vida, Lucy ya no sabía si su sonrisa dulce era una simple máscara de sus sentimientos o simplemente la forma de hacer sentir bien a las personas.

Sonreía, porque eso les haría sentir confianza en ella, la Lucy que mostraba en su exterior.

El hombre negó con la cabeza, resistiéndose ante la sugerencia de Lucy. Le habían hablado de ella, la heredera de toda la fortuna de los Heartfilia, y sabía que era la mejor persona para convencer. No había entendido hasta ese momento la razón por la cual tenía esa reputación. Su actitud tierna, dulce y servicial junto a su hermoso aspecto le hacía irresistibles a cualquier persona.

—¡Oh, vamos! —Lucy le sonrió ampliamente, lo cual hizo que el hombre quisiera apartar su vista de ella al ver como quedaba prendado por su belleza natural—. Haré lo que quiera si acepta —agregó.

Siempre decía eso; una promesa que nunca se cumpliría, una pequeña mentira que les daba esperanzas de poder obligarla a hacer algo que quisieran sin oponer resistencia. Vio como los ojos del hombre con traje brillaban con una emoción que se esforzaba en ocultar, y ella sabía a qué se debía emoción. Finalmente, asintió, entregándose a la tentación. Y ahí estaba lo que le molestaba a Lucy, solo se necesitaba un par de movidas de cabello y coqueteo inocente, como si fuera una simple niña dulce que no se daba cuenta lo que provocaba en los hombres, para que accedieran a todo lo que ella deseaba. Eso lo detestaba, pero le hacía más fácil la vida.

Este hombre… me asquea.

. . .

—No pareces haber dormido bien, Lucy.

La rubia no se molestó en separar la mirada de su libro, ignorando por completo el comentario de Loke. Si lo hacía, lo más probable es que terminara mirándole con el ceño fruncido y luego, regañándolo por interrumpir su preciada lectura cuando él muy bien sabía que odiaba que le hicieran eso. Ese día estaba especialmente sensible a su otra personalidad, por lo que evitaba lo más posible a meterse en situaciones que le harían reaccionar sin pensar.

Una mano se posó en la cabeza de Lucy y la sacudió suavemente. Lucy apretó los labios, conteniéndose de gritar.

—¿Qué quieres? —Habló sin querer separar mucho los labios y fijando las palabras de tal manera que le hacía sonar demandante. Perezosamente, separó la vista del libro, con los ojos levemente entrecerrados y una expresión calmada a pesar de que por dentro tuviera ganas de gritar.

—Jó, Lucinda está de mal humor.

—No lo estoy —siseó.

Loke sonrió, burlón.

—Sí, lo que digas. —Lucy se contuvo de insultarlo—. ¿Por qué tienes ojeras?

Se quedó en silencio un momento mientras fingía leer. La mirada fija de Loke le incomodaba, ya que era notable que esperaba una respuesta por parte de ella. Por unos momentos, se debatió en si debía volver a mentir o simplemente decirle la verdad, ya que a fin de cuentas, él sabía casi todo sobre ella.

—Solo me quedé despierta hasta tarde por leer.

Se sabía la excusa de memoria; casi la había dicho por inercia. No era la primera vez que llegaba al colegio por la mañana con unas ojeras disimuladas con una capa de maquillaje. Al principio Loke le preguntaba nada, ya que estaba al tanto de la situación de Lucy. El tiempo pasó, y la rubia de ojos chocolates seguía manteniendo aquellas ojeras. Las notas de Lucy siempre eran sobresalientes, la mejor de la clase, pero desde que había empezado a traer de adorno las ojeras, sus calificaciones empezaron a bajar junto con la enérgica Lucy que él siempre había conocido. Por ende, el tiempo en que las preguntas de sus amigos llegó, y con estas, también su pequeña mentira para no preocuparlos más.

—Prométeme que no estás mintiendo. —Recordaba con exactitud las palabras de Loke luego de una de sus preguntas diarias acerca de cómo había dormido. Su mente lo recordaba como una grabadora, haciéndola sentirse una miseria por lo que diría en respuesta.

Lucy se había quedado un momento en silencio, mirando con los ojos un poco más abiertos de lo normal para expresar su asombro ante la preocupación tan sincera de su mejor amigo. Sin más, luego de unos cuantos segundos, le sonrió dulce como acostumbraba a hacer.

—Lo prometo.

Cruzó los dedos debajo de la mesa para mantenerlo a ocultas. Algo en su interior se removió en aquel momento, haciendo que unas inexplicables ganas de vomitar se apoderaran de ella. Se sentía mal por haber engañado también a Loke, su casi hermano, una de las únicas personas que realmente se preocupaba por ella. Pero se consolaba a si misma al pensar que no estaba mal, que era una mentira para hacerlo sentir bien.

Era como su madre prometiéndole que se quedaría con ella para siempre, protegiéndola de la soledad y el frío. Y aun así, ella ya no estaba con ella, sino en su fría tumba a dos metros bajo tierra, dejando sola e indefensa a Lucy con un padre que poco le importaba si su hija estaba bien o no.

Sus pesadillas le recordaban todas las noches lo sola que estaba, el cómo las promesas siempre se rompen y que lo único que provocaba el amor era dolor. No se quejaba, ya que a pesar de que recordar era doloroso, le hacía una persona realista y evitaba hacerla sufrir más aún con algún otro problema adicional a los que ya tenía. No era tan malo, o al menos, no hasta lo que Lucy quería creer.

Tiritó cuando sintió como una brisa de invierno se colaba por la ventana junto a ella.

Frío, eso era lo que siempre sentía.

Estaba falta de todo tipo de calor en sí misma. Y eso le atormentaba. No quería sufrir con un lazo afectuoso capaz de darle todo el calor que necesitaba, pero se resistía. Por eso es que había creado aquella máscara de niña buena para que todos la quisieran, y así, lograr sentir aquel calor que tanto añoraba aunque fuera efímero. La máscara le permitía ser amada sin tener que sufrir. Le alejaba de todo sentimiento que le aferrase a alguien, como si estos rebotaran al chocar con la máscara.

Se mostraba como una persona fuerte, decidida, que nada le afectaba.

Aunque en el interior, era débil.

Lucy seguía siendo una simple niña sufriendo por la muerte de su madre que se refugiaba bajo las mentiras para no tener que sufrir de nuevo una pérdida que esta vez su debilidad mental no le dejaría soportar.

Al final, tarde o temprano, terminaría colapsando.
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Mar Abr 29, 2014 1:07 am

CAPÍTULO I.

Temeraria.


. . .

—¿Por qué haría algo así? —protestó—. No tengo intenciones de hacerlo.

—Pero lo harás.

Lucy frunció el ceño a pesar de querer ocultar su molestia. Pero, ¿qué podía hacer? Había aprendido a ocultar aquellos pensamientos y acciones rudas que siempre se mantenían en su mente, y también había batallado mucho para lograr construir esa máscara que la protegía de los sentimientos puros para no tener que sufrir más de lo necesario. Pero ahora, su padre le pedía algo que podría poner en riesgo aquella máscara protectora. ¡No iba a ocultar su molestia por un capricho de su padre!

Trató de respirar pausadamente como le había enseñado Mirajane para relajarse.

¡A la mierda! No iba a tranquilizarse y así ceder a los deseos de un padre que solo la mantenía con vida para que le fuera de ayuda.

—No pienso hacerlo, no aceptaré.

Se repetía en su mente aquello muchas veces también, para así mantener la mentalidad decidida. Siempre había sido una persona fiel a sus ideales, pero se veía considerablemente debilitada cuando estaban en juego muchas cosas.

Jude Heartfilia sonrió, lo cual le dio una mala espina a su hija.

—Entonces no pienses en volver a pedirme ninguna ayuda, pequeña bastarda.

Lucy no se había dado cuenta de que se había estado mordiendo la lengua para no soltar algún improperio hasta que notó el sabor metálico de la sangre en sus papilas gustativas. La sangre le enfermaba. Tuvo ganas de salir corriendo al baño para vomitarla y de paso tomarse un par de botellas de jugo dulce para quitarse aquel horrible sabor. A duras penas, hizo un esfuerzo sobrehumano para tragarse la sangre sin vomitar.

¡Por dios! Como odiaba a su padre.

El trato entre los dos siempre había sido así de rudo desde que murió Layla Heartfilia. Lucy no había sido la única afectada, eso estaba claro. Nunca tuvieron una relación agradable, aún con Layla de por medio. Con ella, las cosas simplemente se aliviaban un poco al haber un mediador entre ambos. Lucy odiaba a su padre, y este la odiaba a ella. Era un odio mutuo, no se sentía mal por odiarle, le era imposible. Tenía sus razones. Nunca le perdonaría el mal trato recibido, todas las veces que la ignoro cuando trataba de hacer algo bueno por él, ni mucho menos le perdonaría haber dejado que su madre muriera.

Apretó los labios, y evitó a toda costa fijar su mirada en el hombre rubio que se hallaba frente a ella.

Negarme no es una opción.

—Tú ganas. —Las palabras habían salido mucho más cortantes de lo que creía posible, por lo que se regañó a si misma mentalmente al no poder controlarse a si misma—. Pero si lo logro, tendré lo que quiero.

No iba a dejar que su padre le tomara ventaja. Claro que no. Sabía que dependía en estos momentos de su padre, pero él no podía de darse el lujo de perder a la mejor negociante que pudieran encontrar a pesar de tener unos escasos diecisiete años. Así que cabía la posibilidad de estar a la par en aquella pelea, y Lucy no la desaprovecharía.

No se dejaría controlar por él ni por nadie.

Jude no pudo más que aceptar con pocas ganas, a sabiendas de lo que su hija podría llegar a hacer con tal de ganar.

A paso amplio, salió de la mansión de su padre como si de eso dependiera su vida.

Asqueaba ese lugar, le traía malos recuerdos. Y su psicóloga le había dicho que era mejor para ella estar lejos de aquel fatídico sitio, siendo esa la única razón por la que su padre accedió a concederle una casa nueva, solo para ella y las personas que Lucy deseara que vivieran ahí. Sin ninguna sirvienta molesta que la siguiera de arriba para abajo todo el día para ocuparse de algo tan simple como servirse un vaso de agua ni una decoración excesiva en la que se le iban los ojos al ver tanto oro.

Era una mansión, al igual que la casa de su padre, pero no tan excesivamente grande. A Lucy siempre le había molestado tener tantas habitaciones lujosas de sobra cuando los empleados vivían arremolinados en unos pequeños cuartos sin mucho lujo en el sótano o en pequeñas modestas casas en los territorios posteriores de la mansión.

Cuando era pequeña, acostumbraba a perderse siempre por los pasillos de su propia casa. Todas los pasillos eran igual de amplios y ostentosos, con muchas puertas de lado y lado. Saber exactamente cual habitación era cual era un milagro. Como mucho, lograba llegar a su habitación.

Siempre le había tenido miedo a aquellos amplios y solitarios pasillos. Cada vez que se perdía, una sensación agria recorría su esófago y las lágrimas brotaban con dolorosa facilidad. Habían sido tantas las veces en las que, agotada, se sentó en el suelo apoyada por la pared y lloró hasta que alguien por milagro la encontrara, que ya perdido la cuenta.

—Eh, ahí estás. —Lucy no tuvo que darse la vuelta para saber quién le llamó. Conocía la voz perfectamente, y cada vez que la escuchaba, sentía como todos sus problemas que le hacían temblar se disipaban—. En el camino pasaste de mí como si hubiera sido una roca —dijo—. ¿En qué estabas pensando como para ignorarme así?

Le conocía, y mucho. A veces, a Lucy le molestaba estar cerca de aquellas personas que la conociesen de verdad ya que sabía que le sería imposible disimular algún sentimiento. Era como si, por más que forzase la máscara, frente a ellos fuera transparente.

—Tengo un nuevo trabajo que hacer. —No hacía falta aclarar. Él sabía perfectamente a lo que se refería. Y eso la aliviaba bastante; por más que dijera no sentir nada, la culpa le carcomía, y el hacer eso, era un recuerdo molesto. Por eso, el tener que hablar lo menos posible era un alivio.

Jellal se mantuvo en silencio durante unos momentos, mirando a la rubia tranquilamente.

—¿Necesitas ayuda?

No puedo pedírselo.

Trató de mostrarse pensativa, como si el trabajo realmente no necesitara mucho esfuerzo. Al final, soltó un suspiro, agotada. No tenía ningunas ganas de seguir con aquello, quería salir lo más rápido posible de eso, evitar las consecuencias lo más posible y finalmente conseguir lo que quería. Esta vez, estaba entre la espada y la pared, por lo que no saldría sola.

—Necesito acceso a todos los archivos de vida de los estudiantes de la academia.

. . .


Otra pelea matutina con Gray.

Otro dolor de cabeza gracias a los golpes de Erza para detenerlos.

Otro desastre en un lugar público donde terminaron siendo sacados a patadas por daño a la propiedad.

Casi parecía un día normal. Su popularidad como joven problema y odio de los profesores iba aumentando hacia él por alguna razón que no era capaz de manejar. ¿Por qué no podía tener control de su vida? Siempre sometido, ya fuera por la sociedad o la normalidad. No era capaz de salir de la rutina y eso lo irritaba.

Echó la silla para atrás, quedando así parado solo sobre las patas traseras. Llevó ambas manos detrás de su cabeza y abrió los brazos para estar más cómodo. Sabía que Erza lo regañaría luego por aquel acto de vandalismo, los cual solo consistía en sentarse de manera muy poco elegante — lo cual era lo mismo que vandalismo para la pelirroja.

Pasaron los minutos mientras todos seguían hablando como si nada.

Y Erza seguía sin regañarle.

Parpadeó confuso. ¿Qué le pasaba? Generalmente no podía terminar de llegar a la posición cómoda gracias al golpe de Erza que lo dejaba K.O.

—Hey, Erza. —le llamó, pero la pelirroja ni siquiera se dignó a voltear el rostro.

Estaba en su mundo, eso estaba claro.

—Déjala. —Pudo ver como Gray ponía una expresión burlona—. Está admirando a su amor de toda la vida. Déjala en su mundo.

Natsu rió en el momento en que Erza se puso casi del mismo color de su cabello al escuchar las palabras de Gray, alias Desnudista Empedernido. Rápidamente, y con acciones demasiado exageradas —comunes en ella—, dejó de mirar hacia la misma dirección de momentos atrás. Quiso entrar en la conversación de Levy y Gajeel para hacerse la desentendida, aunque supiera que era imposible.

Para nadie era un secreto que Erza Scarlet tenía una historia de tiempo atrás con Jellal Fernández. Sabían que era una historia larga y complicada, aunque lo único que los dos se atrevían a aceptar era estar juntos en el consejo estudiantil desde siempre como Presidente y Vicepresidenta, respectivamente. Tenían metas parecidas, y un amor a las normas que nadie lograría superar. Por un tiempo, la pareja de aquellos dos había sido catalogada como la más esperada, pero ninguno dio algún paso más de la amistad alguna vez.

Porque en medio de la relación se encontraba un impedimento. Aquella rubia de ojos chocolates era la razón por la que la relación nunca avanzó.

Lucky Lucy, como era conocida, había llegado a mitad de semestre por un intercambio a Inglaterra. Y se había presentado como la mejor amiga y novia —según los demás— de Jellal Fernández, sorprendiendo a todos los que pensaban que había una relación más allá de la amistad con la Scarlet.

Llegada de la nada, con solo su personalidad resplandeciente, logró llegar a cambiar por completo la opinión de todos. Los que al principio les fastidiaba que estuvieran todo el tiempo que pudieran juntos, pasaron a admirar la pareja al descubrir que congeniaban. Si bien no eran tan parecidos como en el caso de la pelirroja, Lucy era el opuesto de Jellal con su personalidad amable, dulce y animada. Y precisamente aquello fue lo que hizo que se vieran adorables juntos.

A estas alturas, nadie negaba que fueran la pareja más querida, aunque ninguno de los dos parecía admitir fuerte y claro su relación.

Natsu miró fijamente a la rubia, como acostumbraba a hacer desde hace un tiempo. Siempre la veía ahí, sonriendo, riendo, hablando, rodeada de compañeros que siempre variaban. Por más que la viera rodeada de gente y mostrando interés en todo parecía que le importaban dos personas, los únicos de la cual la rubia no se separaba: Jellal Fernández y Loke Leo. El resto, eran personas que venían y se iban, de las cuales la amistad duraba solo la hora del almuerzo.

Todos queriendo hablar con ella, pero sin considerarla de verdad una amiga.

Y Lucy solo se dedicaba a hablar cuando la buscaban, también sin considerar a los demás como sus amigos. Porque aunque pareciera que se divertía siendo lo que era en la Academia, a los ojos de Natsu, la rubia no disfrutaba mucho de estar rodeada de gente que no lloraría si llegase a morir.

Siempre mirándola desde lejos, sin decirle nada. La rutina de siempre.

—¡Natsu está pensando! —chilló Erza, llamando repentinamente la atención de todos. Si bien la demás gente estaba acostumbrada a los alborotos de aquel grupo de amigos, que Natsu pensara era digno de admirar—. Esto tengo que grabarlo. —Aún sin terminar la frase, la pelirroja ya se había ocupado de grabarlo.

Y así, todos rieron luego de un silencio breve y repentino en todo el lugar.

—¡Deja eso! —Se levantó de golpe de la mesa y se paró sobre esta en un solo segundo. Como siempre, empezó a hacer movimientos extraños mientras chillaba su típico "¡Estoy encendido!".

Pero aunque estuviera haciendo algarabía y casi sacando fuego por la boca, de reojo seguía mirando a Lucy. Porque ella, a diferencia de todos los demás, no había reído, se mantuvo seria. Notó como con pereza le dirigía unas palabras a sus dos únicos amigos, que asintieron. Finalmente, la rubia se puso en pie, sorprendiendo a los demás acompañantes en su mesa —a los cuales calmó con una sonrisa y alguna explicación animada—, y se dirigió junto a Jellal y Loke hacia la mesa de Natsu.

El de pelo rosado se alarmó, ya que después de tanto tiempo mirando de lejos a Lucy, sabía que ella no era de las que se acercaban a una mesa con mucho gentío. Por lo que su comportamiento era extraño.

—¡Hola! —saludó Lucy, con una gran y dulce sonrisa pintada en la cara. Los de la mesa miraron sorprendidos a la rubia, pues era la primera vez que se dirigía a ellos. Incluso Natsu paró sus movimientos raros para observarla—. ¿Podemos sentarnos con ustedes?

Esto no está dentro de la rutina.

. . .


—Ahora, díganos la verdad. Fuerte y claro —exigió Lisanna. Apoyó su cabeza sobre la palma de sus manos, mirando sonriente a la pareja de Jellal y Lucy. Ellos la miraron sin entender, esperando a que la albina se explicara—. ¿Son novios o no?

Lucy soltó una pequeña risa.

Por favor, no respondas.

—¿A qué viene la duda?

—Bueno, siempre la he tenido desde que llegaste a la Academia y actuabas de una manera tan cercana a Jellal. —explicó Lisanna— Se dicen muchas cosas de ustedes dos cuando los rumores podrían ser de Lucy y Loke. Nunca han tomado en cuenta que eres tan cercana a Loke como a Jellal, pero los rumores solo se dan con él. Debe haber una razón, ya que se rumorea que son pareja, pero nunca lo han dicho directamente. Ni tampoco hacen cosas de novios.

Lucy se mostró sorprendida y confusa, abriendo un poco más de lo normal los ojos.

—¿Cosas de novios? —preguntó inocente la rubia.

—Ya sabes: besarse, tomarse de manos y todo eso. —Lisanna rió ante la ingenuidad de la rubia. Si bien le habían dicho que ella era así, una mujer bien formada pero con mentalidad santa, nunca consideró seriamente que fuera verdad.

—No veo que tenga de importante hacer eso.

Lisanna se abrazó a Natsu por el cuello, tomándolo desprevino cuando se encontraba hablando/peleando con Gray a su lado. Él la miró sin entender a que se debía aquel repentino abrazo y frunció el ceño al darse cuenta que Lucy lo miraba como un alíen.

—¡Claro que lo es! —exclamó la albina—. Cuando estás en una relación, es importante demostrar su amor. Las dos partes. —Enfatizó las últimas palabras mientras se apretaba a Natsu.

Lucy notó las intenciones del gesto, y según los rumores que corrían sobre aquellos dos, podía descifrar que Lisanna era la única interesada en aquella relación. O al menos, interesada en un aspecto romántico. Era fácil de notar que Natsu no era el tipo de joven romántico y cursi. Y por eso, a diferencia de Lisanna que si se mostraba demasiado cariñosa, a ella debía de costarle sacar algo interesante del de pelo rosa.

—Supongo que nuestra relación es un poco diferente. —se apresuró a decir Jellal, que había notado la expresión de burla en la cara de Lucy. A veces Lucy era tan susceptible a mostrarse como era cuando se trataba de asuntos así que le tocaba siempre a él evitar que algo malo saliera de su boca—. Es complicado de explicar —agregó.

La albina no se mostró satisfecha con la explicación del Fernández. Abrió la boca, para seguir preguntando pero Erza le calló con la mirada.

Se quedó en silencio, y con los labios ligeramente separados; quería seguir indagando, pero había olvidado por completo de los sentimientos de Erza cuando lo empezó a hacer. Y ahora, se había quedado con la duda aún junto a una Erza un poco resentida.

Los demás notaron aquel momento incómodo y la cara pensativa de Erza, por lo que dejaron de lado por unos segundos su conversación.

Todos sabían que a Erza le dolía que le restregaran en la cara la relación de esos dos, la razón por la que ella nunca pudo expresar sus verdaderos sentimientos al presidente del consejo. La pelirroja se mostraba madura, como si hubiera aceptado perder dócilmente; así era ella, y por eso no se permitiría decir algo que pusiera en duda su madurez. Debían seguir creyendo que aceptaba una relación entre la rubia y el de pelo azul a pesar de sufrir por ello.

En su interior, quería odiar a Lucy. Pero por más que lo deseara no podía hacerlo. No podía culparla de querer a una persona y que este le correspondiera. No le había quitado a Jellal por querer, ya que no estaba enterada de nada. Lo único que hacía era seguir su vida, y Erza no podía recriminarle eso.

Lucy nunca había sido parte de su categoría amigos cercanos, pero aun así le tenía aprecio. Adoraba la personalidad de la rubia; todo lo contrario a ella. Anhelaba ser tan amable y dulce como Lucy, tan femenina, tan bien vestida y admirada físicamente. Era todo lo que quería ser — además de ser el prototipo que enamoro a Jellal. Así, tal vez pudiera tener una oportunidad, por más pequeña que fuera.

Pero ella era Erza Scarlet, conocida como la temeraria Titania.

La agresiva y poco femenina Erza.

¿Quién iba a saber que realmente no era así? O al menos, no lo era completamente. Nadie parecía caer en cuenta de su verdadera personalidad.

Ella no era tan temeraria como creían. Sí tenía una fuerza brutal y una gran habilidad de combate, pero todo lo hacía para proteger a los que le importaban. Desde pequeña había notado su facilidad en aquellas áreas, por lo que, con el tiempo entendió que su deber era utilizarlas para proteger, aunque con eso tuviera que dejar de lado su otra faceta.

Amaba las cosas tiernas y esponjosas, eran su debilidad. Lloraba con películas de amor —el Titanic había sido como un encanto para convertirla en un grifo de baño—. Se emocionaba cuando le hablaban de temas de amor. Y una de sus pasiones era salir a comprar ropa, a pesar de que no pudiera ponerse todo aquel estilo Gothic Lolita que adquiría.

Dejó escapar un suspiro, rendida ante sus pensamientos.

—¿Y tú qué opinas, Erza? —le preguntó Jellal, sacándola de sus pensamientos.

Él le sonreía de una manera que la dejó atontada. Todos sus pensamientos fueron diluidos, dejándola con la mente en blanco.

—¿Ah? —No fue lo más inteligente que pudo haber respondido, pero sí lo único que logró salir de sus labios en aquel momento.

No se percato de lo abstraída que había estado durante todo ese tiempo dentro de sus pensamientos. Durante ese período la conversación de sus amigos volvió a ser tan animada como siempre. Hablaban animadamente, gritaban, golpeaban, se desafiaban unos a otros en un combate que luego terminaría en desastre y formaban un alboroto digno de aquel grupo que siempre llamaba la atención de todos los demás presentes en el comedor de la Academia. Lo normal. Todos volvían a hacer lo usual ahí.

Excepto ella. Erza nunca se deprimía por cosas así.

¿Durante cuánto tiempo había dejado de escuchar su alrededor para empezar a actuar extraño?

—Lucy preguntó… —Y ahí dejó de escuchar de nuevo.

¿Durante cuánto tiempo seguirían Jellal y ella en ese estado? Siempre Lucy. Siempre hablando de ella. Era el único tema de conversación que hablaban durante más de unos minutos. O el trabajo en el consejo. Él seguiría ignorando todo, al igual que ella.

Pero Erza no quería eso.

¿Desde cuándo la relación se volvió así?

Desde que ella apareció.

—No más —murmuró. Su voz era casi inaudible.

—¿A qué te refieres?

Erza parpadeó confusa y enfocó su vista en Lucy, que la miraba sin entender su respuesta a la pregunta que no había terminado de escuchar mentalmente. Luego, dirigió su mirada a Jellal que la miraba igual.

No puedo odiarla, por más que quiero.

—Ah… —No sabía que decir, ni siquiera sabía por qué había actuado así. Ella era Erza Scarlet, y no dejaría que pensamientos así la llenaran—. Lo siento, es que no puedo escuchar bien lo que dicen con esta bulla que hacen estos dos. —Sonrió tenebrosamente y se dispuso a noquear a Natsu y Gray, los cuales desde hacía un rato que habían empezado una de sus rutinarias peleas.

Todos rieron mientras exclamaban algunos «Típico» o «Se tardó en noquearlos».

—Wow, Erza —exclamó Lucy con entusiasmo—. Realmente eres temible. No había creído por completo los comentarios de Jellal sobre tú fuerza.

Erza sonrió con autosuficiencia mientras hacía poses extrañas para hacerla reír. Aunque en el interior, quería gritarle que eso no era cierto. Le dolía que pensaran eso, más aún Jellal, pero no podía hacer nada para remediarlo sí ella misma se enfocaba en ser fuerte. No se consideraba temible, ni se sentía orgullosa por ser catalogada como la mujer más fuerte de la Academia.

Sí, ella era Erza Scarlet. Por esa razón seguiría como ahora, mostrándose poderosa y temeraria para proteger a sus amigos. Les haría creer que no le importaba haber perdido a la persona que tanto la había reconfortado en el pasado para no hacer sentir mal a Lucy. Y con eso se sentía satisfecha; si podía hacer algo por los demás, sería feliz. Aunque la consecuencia sería no mostrar sus verdaderos sentimientos, dejarlos ir, esconderlos en lo más profundo de su ser para que no le afectasen.

Lo cierto, es que lo único temerario de ella eran aquellos sentimientos repugnantes que se obligaba a guardar.
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Vie Mayo 09, 2014 3:56 pm

CAPÍTULO II.
Conflicto.

Apretó con fuerza las manos sobre su regazo y sintió encogerse en su asiento. Los hombros se mantenían alzados con una fuerza que dolía. Le lastimaba la espalda; pero se sentía más segura así, refugiándose del exterior. Sabía que era una idiotez pensar eso, ya que lo único que hacía, era esconder su cara bajo el flequillo que caía rebelde por su frente y formar una bolita deforme con su cuerpo.

Era idiota, no podía negarlo. Pero ser idiota le hacía sentirse más segura en este caso.

—Lisanna. —No alzó la vista. Sería como abrir aquel pequeño fuerte que apenas había creado a un intruso—. Te lastimarás si sigues clavando tus uñas en la pierna. —Hasta el momento, no se había dado cuenta de eso. Soltó rápidamente el agarre y fijó su vista en las marcas rojas que habían dejado sobre su pierna. Se notaban, su piel era blanca y delicada, por lo que después no sería fácil ocultarlo.

—Lo siento —susurró.

Supo que Mirajane estaba negando suavemente con la cabeza, a pesar de mantener su vista aún clavada sobre las marcas que había sobre sus piernas.

—¿De qué te disculpas exactamente? —Y ahí estaba de nuevo, los juegos psicológicos de Mira. Los detestaba, la hacían querer revelar una respuesta que podría no estar relacionada en nada con la situación. Siempre estaba a punto de caer en la trampa, pero su voz le traicionaba y ningún sonido salía, dándole tiempo para pensar más en la respuesta.

—No sé —admitió, con voz ronca luego de un tiempo. Mirajane bajó la tabla en la que hacia anotaciones para posarla sobre sus piernas. Miró a Lisanna con ojos tristes; deseaba ayudarla, pero la albina menor se resistía—. ¿Eso es lo que querías escuchar, no es así?

Las palabras llegaron a sus oídos como agujas. Escuchar a su preciada hermana menor ser tan cortante y fría con ella le dolía, y más aún al saber la razón de que se comportara así.

Su deber, tanto como hermana mayor como psicóloga, era ayudar a las personas a superar sus temores y muros que ellos mismo creaban en su mente. No lo negaba, desde siempre había tenido bastante interés en la mente humana, la sociología y temas relacionados, pero Lisanna había sido el factor que la había impulsado a decidirse de una vez por todas para estudiar Psicología en la Universidad. Sabía que no era debido que un familiar los atendiera en ámbitos de medicina, pero no podía evitarlo. Mirajane tenía como meta ayudar a su hermana, algo que solo ella podría llegar a hacer.

Mira bajó la mirada durante un momento y asintió suavemente con la cabeza.

Y entendía porque los familiares no debían meterse en eso. Los sentimientos se metían en medio, la desconcentraban. Pero estaba decidida en apartar todo eso para llegar a ser capaz de hacer lo que otros no habían sido capaces.

Volvió a llamarla por su nombre, esta vez con altivez. Alzó la vista, encontrándose con una Lisanna sin brillo; sus ojos, generalmente de un brillante color azul cielo, se podían definir ahora de color azul petróleo, y sin vida. La vivacidad que generalmente acompañaba a su hermana la había abandonado, parecía una muerta en vida.

—Doctora Strauss. —Ambas hermanas dirigieron su vista a la puerta, donde se asomaba la cabeza de la secretaria del consultorio. Kinana encogió un poco los hombros; el aire del consultorio era lúgubre y la mirada de las hermanas le intimada cuando se ponían en aquel estado deprimente.

—¿Sí? —Mirajane se obligó a reaccionar, dejando de lado la imagen de su hermana sin brillo.

Esa imagen rondaba por su mente sin querer despegarse y le atormentaba.

Kinana pasó su brazo por el lado de la puerta, dejando verse también. Extendió un papel blanco donde ponían algunas letras que ambas reconocieron como una hoja de consulta.

—La señorita de la siguiente cita ya ha llegado —anunció—. Y desde hace rato está esperando afuera. La cita de Lisanna se ha tomado unos quince minutos más.

Para ninguna era sorpresa que aquella cita siempre tomaba más tiempo. Lisanna era un caso complicado, que aún después de tantas citas no lograba avanzar en nada. Muchos le decían que era caso perdido, pero Mirajane no se iba a dar por vencida. Ella era su meta, y no descansaría hasta alcanzarla.

Lisanna se paró, y a paso firme, salió de aquel consultorio en el que estaba obligada a pasar una hora a la semana junto a su hermana mayor. Ese lugar lo repudiaba, la hacía recordar todos sus problemas y le recordaba la miseria que era.

Se despidió en un susurro, sin prestarle mayor atención a su entorno. Su cuerpo temblaba, pero eso no le impidió seguir su camino por el largo pasillo hasta la sala de espera, por la cual también paso con rapidez. Notó que había unas personas, lo cual la asustó más. No quería que nadie se enterara que iba al psicólogo; la creerían loca. Pasó como flash por su lado, haciendo que solo pudiera quedar esa persona como una mancha dorada para sus ojos. Y finalmente, salió dando un portazo.

. . .

Inspiró fuertemente, con los ojos cerrados y tragó. La sensación de una bola entera bajando por su esófago hizo que su piel se enchinara. Tembló un poco y soltó un quejido.

—Detesto esto —susurró con fastidio.

Lisanna apoyó ambas manos en los bordes de lava mano. Se miró al espejo, donde su reflejo se veía. Notó su piel pálida y ojos color azul petróleo—oscuros, más que oscuros que cualquier otra vez. Normalmente, sus ojos eran de un hermoso color azul cielo. El color en sus ojos era la señal; mientras más oscuros llegaban a ser, sabía que más pronto llegaría el momento en que no soportaría.

Esta vez, fue el máximo que llegó a aguantar.

Su piel se había puesto tan pálida que competía con el color de su pelo, y sus ojos habían llegado a ser de color petróleo oscuro. Habían pasado dos semanas desde la última vez; lo cual era un tiempo relativamente rápido para el cambio. El proceso se estaba acelerando, y Lisanna cada vez menos se sentía capaz de soportar aquel estilo de vida más tiempo. Ella solo quería ser normal—una chica de diecisiete años bella, con novio, y popular.

Rio con la ironía presente. Fue una risa seca, sin energía. Ni siquiera tenía ánimos para eso.

Debería ser actriz.

¿Por qué nadie se daba cuenta de lo que realmente le pasaba?

—Anny, tenemos clase. —Yukino abrió la puerta del baño y entró. Miro a Lisanna con una ceja alzada, preguntándose mentalmente que se suponía que la albina Strauss estaba haciendo. Su mejor amiga no era de las personas que iba sola al baño; mucho menos cuando se trataba de maquillaje.

Lisanna aparentó revisarse el maquillaje en el espejo. Luego, dirigió su mirada a Yukino, que la miraba con el ceño fruncido.

—Sí, sí, ya voy —dijo—. Lo siento, tenía que revisarme el maquillaje antes de entrar. Creí que se me había corrido el rímel.

—Ah, vale.

La albina Strauss le sonrió.

Cogió las cosas que había dejado sobre la mesa y las guardó con rapidez, sin cuidar que todo quedara en su lugar o bien cerrado. Las manos le temblaban del nerviosismo. Se pulso su bolsa Channel el hombro y caminó hacia la salida, donde la esperaba Yukino para ir a clases.

.

La albina menor soltó un bostezo que escapo de sus labios sin querer. Parpadeaba lentamente, con cansancio. Sentía esas ganas irremediables de cerrar los ojos que solo ocurría cuando estaba aburrida y sin haber dormido bien. Era una tortura parpadear, pues cada vez que lo hacía, el abrir los ojos cada vez se sentía más pesado. Y, cada que los abría, podía sentir como el mundo daba vueltas ante sus ojos. Era una sensación poco agradable, pero no podía hacer nada —que no la metiera en problemas— para quitarla. Estaba en clase; no podía dormir. Pero al parecer, su mente no lograba captar esa información.

No prestaba atención. Podía escuchar, mas no analizar. Su cerebro estaba apagado, más sus ojos abiertos, lo que la ponía en un estado semi-inconsciente. Pero, aun así, parte de su subconsciente fue capaz de escuchar el sonido de todos los alumnos saliendo.

—Anny. —Su nombre, en aquella voz tan conocida, fue ya solo un susurro para su parte despierta, que poco a poco se apagaba—. La clase ya terminó.

Yukino se cruzó de brazos, molesta. La llamó nuevamente, esta vez con un tono de voz más alto, pero Lisanna la volvió a ignorar al estar en ese estado de semi-inconsciencia. Se sintió frustrada. Sabía la razón por la cual su mejor amiga y físicamente gemela estaba de ese modo, y no le agradaba. Detestaba ver a Lisanna de ese modo, el cual era casi constante. Últimamente la Strauss menor llegaba siempre con ojeras bajos los ojos, siempre oculta bajo una gruesa capa de maquillaje. Siempre la regañaba por su insistencia en no tomar las pastillas para dormir, las cuales necesitaba urgentemente debido a su insomnio.

Posó su mano sobre el hombro de Lisanna y la sacudió ligeramente. La Strauss soltó un sonido, con los ojos cerrados y respiración tranquila. Yukino soltó un suspiro al averiguar que su amiga se había quedado dormida de verdad esta vez.

Le dio la vuelta a la mesa donde se sentaba su amiga, con la intención de encontrar la bolsa Channel que Lisanna utilizaba como maleta para llevar a la academia. Se sorprendió al encontrar la bolsa bajo sus pies, con la cremallera a medio abrir y una bolsa blanca de supermercado sobresaliendo del interior. Se enredaba bajo una de las patas de la silla de la albina Strauss, estirándola y rasgándola.

Aguria mostró cara de confusión. Nunca había visto a su mejor amiga llevar algo en el bolso que no estuviera guardado en bolsas a la moda y que combinaran con el bolso mayor. No era por exagerar, pero Lisanna nunca llevaría algo tan mundano en uno de los lugares más importantes para una mujer.

Lo recogió del piso con un poco de esfuerzo debido a los jaloneos que debió hacer para sacar el plástico de debajo de la silla.

—¿Qué…?

Al abrir la bolsa de plástico, varias cajas de pastillas cayeron al piso.

Yukino contuvo el aliento al notar la clase de pastillas que eran. Había en gran cantidad, todas de diferentes nombres y tomadas hasta la mitad. Ella no era médica, ni cerca de serlo, pero reconocería aquel tipo de pastilla en cualquier parte.

Y estaba segura de algo—no eran todas, ni por asomo, pastillas contra el insomnio.

. . .

Una mano se posó sobre su hombro, dejándolo sorprendido.

Natsu se volteó con rapidez, haciendo que su cabeza sufriera las consecuencias con una sacudida del cerebro y una fuerte presión, como si le estuvieran apretando la cabeza con muchas fuerza. Frunció levemente el entrecejo debido al dolor, que levemente se iba disipando.

—¿Podemos almorzar con ustedes hoy? —preguntó Jellal.

Hasta el momento, a pesar de haberse volteado para ver aquella persona, no se había dado cuenta de su entorno. Su ceño fruncido se desvaneció en un solo momento, y pasó a ser una gran y abierta sonrisa.

—¡Por supuesto!

Su mirada oscura se desvió momentáneamente a Lucy, que se escondía detrás de Jellal unos pasos atrás. Ella le sonrió con suavidad y apretó más fuerte los libros que llevaba cargados contra su pecho. La examinó unos momentos con asombro. El cabello de Lucy siempre le había parecido espectacular—un color casi irreal y una textura que se podía definir como perfecta. Y, en combinación con sus ojos achocolatados, un hambre por comer chocolate lo invadía al momento de mirarlos. Natsu no comprendía porque el pequeño grupo de amistades de la rubia —Jellal y Loke— estaban ahora interesados en su alborotador grupo. Ellos eran refinados y elegantes, con personalidades con las que encantaban a todo el mundo. Mientras tanto, el grupo de Natsu era lo más lejos posible de parecerse.

Todos preferían sentarse lejos de su grupo para evitar los desastres. Solo los más valientes —o de mala suerte— se sentaban a sus lados y recibían todos los golpes extraviados o comida voladora mal apuntada a su objetivo.

Al cambio, aquellos tres eran rodeados, en busca de ser los afortunados capaces de presenciar al encantador presidente, a la belleza inteligente o al gran conquistador de las mujeres. Eran adorados—tenían a toda la academia comiendo de sus manos. No se sabía en qué momento o cómo habían logrado aquello. Parecía sacado de una película cliché, pero esto a diferencia, era la realidad.

Y, aunque todo el mundo le considerara loco, a él le parecía que todo aquello de mantener a la academia comiendo de sus manos era intencional. Sabía, con certeza, que no eran malas personas. Pero eso no evitaba que él pensara eso. Parecía un plan, o una forma de mantener algo que ocultaban.

Caminó con lentitud mientras seguía por las espaldas a Loke y Jellal, sin ningún apresuro. Sin querer, caminaba con paso fuerte y seguro, asustando a las personas que pasaban cerca de él. Su ceño se mantenía fruncido sin razón alguna—ya era costumbre en él hacer eso dentro de la Academia. Se había esforzado tanto en mantener una reputación así que se había olvidado de las consecuencias, y con el tiempo se había acostumbrado. Ya no se esforzaba por querer ser así; más bien, ahora era así, aunque en su interior no lo era.

Sintió como una mano se posó en su espalda y trazaba un camino con fuerza, clavándole con delicado dolor el dedo.

—Si caminas recto y con los brazos descruzados, no te verás tan amenazador —aconsejó Lucy una vez retiró la mano de la espalda de Natsu. Él le miró sorprendido e hizo lo que Lucy dijo.

Enseguida notó la diferencia. La gente a su alrededor no se notaba tan tensa. Sí lo estaban, pero mucho menos que antes. Ahora, era solo por la reputación que tenía, más no porque se sintieran amenazados por su presencia.

Lucy le sonrió, y seguidamente cogió la cabeza de Natsu entre sus manos, quedando así ambos frente a frente.

—Y no frunzas el ceño cuando no estés enojado. —Le hizo un pequeño masaje en la sien. Natsu se sintió tan relajado que pensó que Lucy debía de ser toda una experta en masajes—. Sé que no estás enojado. Eres muy animado para estarlo de un momento a otro —aclaró.

—Gracias. —Fue lo único que Natsu alcanzó a decir, ya que su mente había quedado en blanco debido al extraño y ligeramente atrevido comportamiento de la rubia.

Sin más, Lucy se dio media vuelta. Le dio la espalda y caminó un poco más rápido para quedar a la altura de Jellal y Loke, que la miraron. Natsu no supo qué clase de mirada le habían brindado a la rubia, puesto que desde atrás no podía ver, pero supuso que no era especialmente alegre. Intercambiaron un par de palabras, en las cuales Lucy se veía a la defensiva.

Tenía que admitirlo—Lucy le había sorprendido con ese comportamiento. Siempre la había visto como una joven muy reservada y tímida como para hacer algo así. Nunca la había visto interactuar físicamente con algún otro hombre que no fueran sus dos amigos. Pero, a diferencia de lo que pensó que pasaría cuando ella interactuara así, Lucy se había mostrado segura de sí misma y poco nerviosa. Pareciera acostumbrada a tener que hacer cosas parecidas, o más bien, actuar de esa manera.

Como si lo hiciera todo el tiempo.

.

—Estás loca —repuso Jellal.

Lucy le miró con el ceño fruncido pero no dijo nada.

—No, no está loca. —Por un momento, Lucy quiso agradecerle a Loke por defenderla, pero al momento de dirigir su mirada a su amigo, se dio cuenta que no tenía nada que agradecer. Loke le sonreía burlón, como la mayoría del tiempo—. Ella lo que está es… —hizo una pausa, como si estuviera pensando—, rara. Como siempre.

Ambos hombre se rieron juntos, mientras Lucy disimuladamente los mataba con la mirada.

—Fue solo un impulso —recalcó Lucy. Tenía ganas de pegarles a ambos en su virilidad para así callarlos de una vez por todas. Lastimosamente, aquella parte de ella en la que tenía esos impulsos, estaban auto prohibidos en la Academia.

Soltó un suspiro, como hacía siempre. Era una pequeña manía que tenía—no podía evitarlo. Con eso, liberaba momentáneamente los sentimientos que se apretaban en su interior al actuar de esa manera tan dulce y femenina. Lo detestaba; se sentía fuera de ella misma todo el tiempo, pero también lo amaba. Aquel dilema en su interior siempre le hacía soltar suspiros indeseados, queriendo dejar salir el estrés a través de aire.

Eran pensamientos tontos que todo el tiempo tenía. Formaban parte de su otro ser; aquella pequeña niña crédula y débil que yacía bajo su forma actual.

Miró de reojo hacia atrás, donde Natsu caminaba. Sonrió levemente al darse cuenta que trataba de poner en práctica los consejos que momentos antes le había dado. El de pelo rosado mantenía una mano en la espalda, con la intención de obligarse a sí mismo a mantenerse recto y todo el tiempo alzaba las cejas. Por instinto su ceño se fruncía, y por eso Natsu se veía obligado a alzar exageradamente las cejas para relajar la expresión. Además, trataba de encontrar una posición adecuada para poner sus brazos. Era una imagen divertida de presenciar, y Lucy no era capaz de esconder lo divertido que lo encontraba.

—Me preocupa que poco a poco vas cediendo. —Lucy desvió su mirada hacia Jellal, que no poseía ninguna expresión en el rostro. Generalmente, Jellal no expresaba muchos sentimientos en su rostro, pero ella reconocía lo que él trataba de decir.

—Lo sé.

Realmente lo sé, y no es mi culpa.

Jellal la miró fijamente unos momentos y sonrió con suavidad.

—No sé si es bueno o no, pero eso me alegra un poco —dijo—. Aunque, si caes tú, caemos todos.

El tono bajo, en susurro, que había utilizado Jellal hizo que Lucy sintiera un escalofrío en la espalda. Una corriente de culpabilidad la envolvió. Sabía eso último; estaba consciente. Aun así, al meterse en aquello había actuado egoístamente. Quería su libertad, y haría lo que fuera por conseguirla, aunque con eso debiera arrastrar a las personas más cercanas a ella.

Se quedaron callados un momento, hasta llegar al comedor. Loke, a pesar de no haber participado en la conversación seria, tampoco dijo nada. Comprendía la situación, ya que él también estaba involucrado.

Cuando llegaron, la sorpresa en los ojos de los demás presentes no se pudo ocultar.

Lucy frunció el ceño levemente ante el desapruebo de los demás estudiantes de la Academia. Le incomodaba que la miraran de esa manera; con esa clase de sentimiento de decepción. Sintió miedo, nuevamente. Quiso escapar de la mirada de todos—esconderse de ese sentimiento tan de ser la presa de los demás. La sociedad era así; en busca de alguna presa que cazar. Algún chisme que encontrar.

Aspiró aire con fuerza, tratando de calmarse internamente. Se sentó en la primera silla que vio libre, sin importarle al lado de quien quedara sentada. No se molestó siquiera en mirar las personas a su alrededor. Había venido a aquella mesa para hablar con Erza; entablar una amistad con ella, pero la molestia hizo que se olvidara de su misión.

—Lucky —La rubia se sorprendió ante el apodo. Volteó a mirar la persona a su lado por primera vez; que resultó siendo una baja joven de cabello azul. Ella la miraba con una sonrisa sincera en el rostro y un libro en su regazo. Aquel libro estaba en muy buen estado, aunque se notada que todo el tiempo lo llevaba encima por el aprecio que le mostraba de forma inconsciente. Instantáneamente, Lucy se sintió a gusto junto a una persona que compartiera su secreto amor por leer.

—¿Lucky? —Cuestionó Lucy con sorpresa—. ¿Por qué me llamas así?

Levy se mostró confusa.

—Así te llaman todos en la academia. —confesó. Se removió un poco en la silla, mostrando como le era de raro hablar con una persona nueva; más aún con alguien como Lucy—. Pensé que lo sabías. Y lo consideré… apropiado.

Aunque no lo dijera en voz alta, Lucy comprendió a que se refería aquella joven. Le recordó a sí misma; una joven tímida, amante de la lectura. El trato formal a personas recién conocidas era algo casi inconsciente. Siempre buscaba una forma de referirse a aquella persona de la manera más informal en el ámbito formal posible. En ese caso, Levy había encontrado en el apodo de Lucy lo que buscaba. Algo que no fuera tan confiado, pero tampoco tan formal como para referirse a una persona mucho mayor o de alto nivel. Para una persona como Levy, hablar con alguien desconocido era extraño. Pero, aun así, eso no importaba tanto cuando las ganas de conocer a alguien que consideraras agradable se hacía presente.

Agradable.

—Puedes llamarme Lucy o Luce —dijo.

—¡Genial! —exclamó Levy, con una sonrisa en el rostro. Lucy se sintió feliz por primera vez de estar junto a otra persona que no fuera Jellal o Loke, los únicos a los que realmente les tenía confianza. La sinceridad de Levy le hacía sentirse acogida sin importar su físico o personalidad, lo cual era agradable para la rubia—. Ehm, ¿puedo preguntarte por qué lucías molesta ahorita?

La pregunta dejó callada a Lucy. No sabía que responder, ya que ni ella misma sabía la razón específica. Había muchas razones—las personas mirándola, por qué había actuado sin pensar con Natsu y con ella misma, por todo.

—No es nada…

Yukino apareció de la nada, cortando la frase de Lucy y las conversaciones de los demás en la mesa.

La miraron extrañados. Se veía agitada y cansada; se podía notar como había corrido una larga distancia sin parar. Yukino no era de las personas que se sometían a un esfuerzo físico grande sin una gran razón (a menos que fuera en las prácticas de porristas, claro está), por lo que alarmó a los presentes. Y, además, no venía acompañada de Lisanna, la que se suponía que siempre llegaban al comedor juntas al estar en la misma clase.

Poco a poco, fueron entendiendo la situación.

—¡Anny está mal!
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Ela McDowell el Miér Mayo 28, 2014 11:21 pm

¿Qué digo primero? Como me pasa siempre, no entendía del todo de qué iba la historia, pero ha medida que voy leyendo la maraña de pensamientos en mi cabeza va tomando forma. La trama es bastante interesante, siendo la narración desde los diferentes puntos de vista y problemas de varios personajes lo que más me gusta. Logras hacer que el lector empatice perfectamente con ellos, metiéndose en sus zapatos. Los sentimientos y emociones de cada uno conectan completamente conmigo, sacando mi lado sensible en algunas partes. Es una historia completamente dramática, que me ha llegado incluso más que el anime en sí, atrapándome por completo. ¡Eres una gran escritora al lograr ese efecto conmigo!

Son curiosas las relaciones que tienen algunos personajes, pues, por mi parte, jamás me imaginé a Jellal siendo íntimo amigo de Lucy. Me agrada la distribución en ese aspecto, y también la forma en que se va desarrollando la obra. Todos tienen facetas que esconden porque creen que es lo mejor, engañando, sin quererlo, a aquellos que aprecian. Esto último lo comprendí realmente cuando me sacaste de la ignorancia con respecto a la traducción del título al español. No me arrepiento de haber comenzado a leerlo, y espero que pronto actualices. ¡Pero no antes de que mis córneas se recupere! You know. (?)

Me encantó. ♥


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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Sáb Mayo 31, 2014 11:17 pm

CAPÍTULO III.
Trato.

La Academia se sentía terriblemente solitaria y gigante con la ausencia de los alumnos revoloteando de un lado para otro como si de eso dependiera sus vidas. Lucy estaba ya tan acostumbrada a caminar chocando hombros con varias personas desconocidas que se cruzaban en su camino, que no sentir ningún empujón hecho por alguien que ignoraría por completo que lo había hecho, le hizo sentir rara. Los pasillos se veían amplios y sin fin, como si fuera un espacio de otro mundo que nunca terminara.

Por primera vez, desde su llegada a aquel lugar, lo percibió como agradable y amplio. Se tomó el tiempo de revisar la estructura del edificio; rústica, un exterior lleno de ventanas con marcos de manera, pero con varios implementos modernos que le daban un aspecto armonioso entre el presente y el pasado.

Nunca había llegado a darse cuenta del contraste que hacía su academia con el exterior. Mientras todo se mantenía en el aspecto moderno (cuadrado, paredes lisas y muchas ventanas lisas), el edificio de aquel lugar era como un punto amarillo chillón en una página negra. Lucy había sentido volver en el tiempo cuando, en horas después del horario, entró por la puerta principal de la torre del reloj. Le provocó risa, pues, se dio cuenta de lo irónico que podía ser aquello, teniendo en cuanta que ningún ser que hubiera vivido cien años atrás, hubiera logrado sobrevivir en el mar de tecnología que residía dentro de esas paredes.

El lugar era demasiado grande, con muchos pasillos completamente iguales. Si Lucy no hubiera conocido el camino, de seguro se hubiera perdido.

Leyó el letrero pegado a la puerta repetidas veces, sin mostrar real interés en entrar.

Sala del Consejo Estudiantil.

Un escalofrío recorría la espina dorsal de la rubia. Su mano quedó a medio camino de abrir la puerta. Realmente no quería hacerlo.

—Oh, Lucky. —La voz de Erza fue de sorpresa, pero sin dejar su característica seriedad. Lucy no fue capaz de ocultar el pequeño salto por culpa del susto. Erza rio—. ¿Qué haces por aquí a esta hora?

—Jellal me pidió que viniera —respondió.

Lucy, con los hombros tensos y las manos fuertemente agarradas frente a ella, se apartó, dejando que Erza pasara. La interrupción le había venido de maravilla a los sentimientos de temor que la invadían, pero solo había logrado ser reemplazados por unos de incomodidad.

No conocía mucho de Erza Scarlet. Su presencia le intimidaba; era fuerte y notable, lo que la hacía querer apartarse de su camino para no provocarle ningún problema.

No obstante, Lucy nunca se permitiría actuar tan cobarde frente a alguien. Se había prometido ser dulce y amable con todo el mundo—hacerse notar solo por ser buena persona, nada más. Nada que pudiera afectar su popularidad como chica buena le era aceptable mostrarla en público. Mucho menos frente a su objetivo próximo.

—¿Quieres entrar? —le preguntó Erza.

Lucy asintió, y con fingida timidez, entró a la sala después de Erza, para luego cerrar la puerta detrás de ella.

—Jellal no está ahora —dijo Erza—, debe estar haciendo alguno de los recados que le pedí que hiciera por mí. Te puedes quedar aquí mientras tanto.

En aquella sala, la voz de la pelirroja hizo eco. Sonó fuerte y demandante, un tono que Lucy prefirió catalogar como parte de la naturaleza de la Scarlet. Aun así, no capaz de evitar pensar que para Erza, su presencia le molestaba de sobremanera.

Queriendo no abusar de la confianza que Erza estaba poniendo sobre ella, Lucy prefirió quedarse callada mientras la pelirroja hacía su trabajo de mesa. No se atrevió a hacer ningún sonido, ni de moverse un milímetro durante unos cuantos minutos. Recargó su peso sobre una sola pierna, y al poco tiempo volvió a hacer lo mismo con la contraria, sin saber que más hacer. Las piernas le dolían, y la corta falda del uniforme dejaba que sus piernas se congelaran en el inicio del invierno que estaba llegando a la ciudad.

Miró hacia todos lados discretamente, queriendo revisar la estancia lo más posible. Quería que quedara lo más grabado posible, si fuera posible.

Se mordió el labio inferior al no encontrar nada fuera de lo inusual. Nada que le sirviera a lo que estaba buscando.

—¿Y tú por qué andas por acá, Erza? —preguntó Lucy. No quería quitarle tiempo, pero si perdía tanto tiempo, no llegaría a nada—. Es decir, es tarde. Y creí que estarías con los demás.

—Trabajo.

—Ah, vale. —Lucy quiso darse una palmada en la cabeza por la estúpida pregunta. Sabía que no estaba obteniendo ningún resultado bueno, por lo que se apresuró a seguir con cualquier cosa que le sirviera—. ¿Quieres que te ayude? —le preguntó. Con más confianza, se acercó a la mesa de trabajo y pasó una mano sobre las hojas—. Tal vez no lo parezca, pero soy buena en esto. Tengo cierta experiencia.

Erza pareció reflexionarlo, por primera vez prestando atención a la presencia de Lucy. La idea se le antojaba, y las montañas de papeles le hacían pensar seriamente en que sería una buena oportunidad para liberarse de al menos un poco de trabajo.

—Si insistes, claro.

. . .

La espera nunca se le había hecho tan larga.

Las piernas las sentía entumecidas, y la piel antes de la rodilla le ardía luego de tanto apoyar los codos sobre estos. Aseguraba tener la marca roja latente sobre la piel, recordándole que el tiempo no solo pasaba lento, sino que también la espera era larga para cualquier persona.

El vaso de café se agitó en su mano una vez después de tomar un gran y profundo sorbo de café muy oscuro sin azúcar que sintió bajar por todo su esófago de manera tortuosamente agradable. Era su propia droga—no podía decir que el sabor era el más apetecible del mundo, ni tampoco le proporcionaba demasiada alimentación alimenticia sana, pero simplemente no podía dejarlo. Su sabor amargo le hacía temblar y sentirse como nuevo luego de la sensación de que el infierno mismo pasó por su boca. Podía estar seguro que si el infierno pudiera ponerse en sabor, aquel lo sería, y no obstante, seguiría fascinado con las emociones y energía que aquella bebida le provocaba.

El café era considerado su autoproclamado mejor amigo; lo acompañaba cuando más lo necesitaba, y si deseaba buenas notas, eso sería el mejor recurso para lograrlo.

Y en ese momento, tener a la mano un vaso de café, logró dejarlo en un estado apacible y paciente, aunque su cuerpo entero temblara por la energía acumulada que estaba recibiendo.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó Gray al aire, justo a su lado. Él miraba al techo, se le veía relajado, como si no le afectara en absoluto nada de lo que estaba pasando.

—No sé —respondió Natsu en un gruñido. No lograba entender como Gray podía estar tan tranquilo mientras él y todos los demás casi podrían tener un ataque de nervios si alguna noticia chocante volviera a llegar hasta sus oídos.

Levy alzó su mano, señalando el reloj colgado en el techo detrás de Gray y Natsu. Ambos, fijándose en la acción de la más intelectual del grupo, notaron por primera vez aquel reloj.

—Han pasado solo tres horas desde que llegamos —informó Levy. Su voz sonó quebrada y débil, sin fuerza. Nadie ahí sentía las fuerzas para hablar—. Y solo quince minutos desde la última vez que recibimos una noticia.

—Esto es un infierno —razonó Natsu.

Nadie dijo nada, pero silenciosamente, todos le dieron la razón. Estaban cansados y estresados; todos deseaban poder irse a sus casas con tranquilidad, reír, hacer lo que siempre hacían. La tensión se sentía en el aire.

No habían tenido tiempo de hacer nada antes de que todo sucediera: Lisanna se había recuperado milagrosamente, para luego llegar al comedor después del alboroto que Yukino había montado. En ese momento todos se sintieron relajados, pues pensaron que no era nada más que una pequeña recaída; algo que a cualquiera le podría pasar si acumulaban el estrés de los trabajos escolares.

Pero antes de que pudieran celebrar, Lisanna se había dejado caer el piso en un sonido sordo. Nadie sabía que pasaba, y frenéticamente, todos pensaron lo peor. Fueron obligados a ir a clase, pero apenas el sonido de la campana sonó para anunciar el fin de la última clase del día, todos se dirigieron sin miramientos al hospital donde habían llevado a Lisanna. Natsu, Gray, Levy y Gajeel se apresuraron en recoger sus cosas y salir corriendo hacia el hospital. Las angustia los mataba; no sabían que esperar, ni tampoco que no esperar.

Se sentían presionados al no saber nada de la condición de Lisanna. ¿Por qué pasó eso? ¿Cuáles eran las consecuencias? Nadie quería darles información por más que la exigieran. Solo les daban inútiles datos insignificantes.

Gray siguió con la mirada a una enfermera hasta que esta desapareció detrás de la puerta donde se encontraba Lisanna. ¿Cuántas habían entrado y salido hasta ahora? Muchas.

Sintió como los labios se le resecaban por el frío aire cayendo sobre su cara. Soltó un sonido de disgusto y se paró. Alzó los brazos; se estiró. El cuerpo estaba entumecido por culpa de la falta de movimiento—no estaba acostumbrado a estar tanto tiempo quieto, y hacer algo así, le estaba pasando carta.

Se decidió en salir a dar una vuelta por el hospital. No encontraba nada de interesante y la recurrente pared blanca que siempre estaba frente a sus ojos le hacía marear. El incesante sonido del silencio le hacía querer gritar, mandar a todos a la mierda. Irse de ahí.

Pidió una manzana en la tienda y la pagó en la tienda. Mientras caminaba por los infinitos pasillos blancos con puertas cerradas, jugaba con la manzana. Le daba vueltas, la tiraba hacia arriba y la volvía a coger. Seguir el ardiente color rojo pasión con los ojos nunca se le había hecho tan fácil en tal blancura. No era amante de las manzanas; solo necesitaba algo con qué distraerse.

—Presto saldré de aquí, así que os pido por favor que me concedáis este último favor. —El lenguaje arcaico llamó la atención de Gray. El sonido de alguien había roto el hechizo del silencio, atrayendo fácilmente la atención de Gray, pero el lenguaje había sido gran parte influyente.

Notó una puerta abierta, la única en todo el pasillo.

Se asomó, curioso.

—Ni siquiera lo pienses —le respondieron. Gray dedujo que esa persona no estaba de humor por el tono de voz grueso y fastidioso—. No me interesa que vayas a irte; no te dejaré hacerlo.

Gray analizó la escena. El médico era el que había hablado de último y llevaba en su mano una tablilla donde seguramente escribiría los datos de la paciente. Y, frente a él, sentada sobre la camilla, un joven miraba expectante al médico. Se notaba en su mirada la determinación que tenía.

—¿Hay alguna razón por la cual mi más humilde deseo sea negado? —preguntó la joven. Estaba erguida y se le notaba elegante, muy a pesar de estar con una bata de enfermo.

—Sí.

—¿Se podría saber…

El médico frunció el ceño.

—Hemos hablado de esto antes, y no tengo la intención de repetir ese monólogo —respondió agriamente, interrumpiendo a la joven—. Adiós, nos veremos mañana en la tarde para tu última revisión.

La joven se veía decepcionada, y Gray no puedo evitar pensar que el deseo de aquella joven era realmente querido.

El médico pasó caminando rápidamente por el lado de Gray, saludándolo con un asentimiento de cabeza una vez pasó. No le tomaba importancia a que alguien se encontrara por esos lugares.

El tormentoso sonido del silencio volvió a atormentar los oídos de Gray, justo antes de que las palabras inexpresivas de la joven se escucharan.

—Juvia sabe que hay alguien desconocido ahí —dijo—. Y como no te mueves, Juvia supone que estás ahí por una razón. ¿No es así?

Por un momento, Gray se preguntó si ella estaba hablando con él o si hablaba sola. Ambas eran posibilidades del cincuenta por ciento. Nunca antes había escuchado a alguien hablar de esa forma. ¿Tercera persona? ¿O estaría hablando con alguien por celular?

Tragó saliva forzosamente, inseguro de si responder o no.

—No tengo ninguna razón.

—Entonces Juvia supone que eres un acosador —respondió ella inmediatamente. Gray la miró como si estuviera loca—. ¡Oh, Juvia tiene un acosador! Juvia se siente muy halagada.

—¿Por qué hablas en tercera persona?

Juvia ignoró por completo ese comentario.

—Identifícate —exigió Juvia. Parecía emocionada, aunque su tono de voz parecía estricto—. Y Juvia desea esa manzana, como regalo de visita. Vamos, eres la primera visita a Juvia desde que entró al hospital.

. . .

Erza miró de reojo a Lucy.

Ella se veía apacible, como si nada en el mundo la pudiera llegar a molestar. Sofisticada y bella, las mayores características de Lucy que Erza siempre había llegado a querer ser.

Habían pasado veinte minutos desde que Lucy se había ofrecido a ayudarle, y realmente esa ayuda si le estaba facilitando el trabajo. Ambas trabajaban a la par, con habilidad, y enfoque; no como los demás miembros del consejo que la mayor parte del tiempo que la pasaban baboseando por todo el salón.

Cada tanto, Erza alzaba la vista y la enfocaba en Lucy. Ella no se daba cuenta, seguía trabajando, como si fuera lo único existente en este mundo. Parecía en su propio mundo, donde ayudar con ese papeleo era su razón de ser. Erza apreciaba eso. Estaba tan acostumbrada a tener que hacer más de la mitad del trabajo entero (el otro poco se lo quedaba Jellal, el único con sentido de responsabilidad) que ver como los papeles disminuían tan rápido era un canto del cielo.

—¿Quieres algo de comer? —preguntó Lucy.

Al momento, Erza se dio cuenta de cómo se había quedado mirando a la nada. Se sintió avergonzada de sí misma, pero la sonrisa de Lucy y el amable tono de voz de esta, la dejaron relajarse.

Por alguna razón, Erza sentía que la presencia de Lucy siempre relajaba a cualquiera a su alrededor.

—No es necesario —respondió cortamente. Movió la cabeza de lado a lado y dirigió su vista a los papeles—. Pero si tú quieres, puedes ir a comprar algo. No te retendré aquí cuando no es tu obligación.

Lucy se cruzó de brazos, un poco ofendida. La miró directamente, mandándole un mensaje. Erza pretendió no sentir la mirada penetrante de Lucy sobre ella y siguió concentrada.

—Traje un poco de pudín. —dijo Lucy, llamando la atención de la pelirroja instantáneamente. Lucy sonrió un poco, feliz por haber encontrado algo que le gustara a Erza—. Es de fresa, ¿quieres?

—¡Sí! —chilló Erza.

La pelirroja se paró de su silla en un salto, sin siquiera pensarlo. Sus ojos brillaban de emoción.

Lucy rio.

—Espera un momento.

Se paró de la silla y se fue a buscar su bolsa, donde en una pequeña caja guardaba el pudín que había traído como merienda. Rebuscó entre el montón de libretas y libros que guardaba dentro, hasta por fin localizar la caja.

Su celular vibró, haciéndola darse cuenta por primera vez que la pantalla estaba iluminada desde hace rato. Cuando dejó de vibrar, pudo notar la cantidad de llamadas perdidas que tenía.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Lucy, haciéndola erguirse en su puesto, sin decir nada. Su garganta estaba seca, por lo que rápidamente buscó una botella de agua para tomar. El líquido frío bajó por su garganta, dándole pequeñas descargas que la hicieron temblar; pero se sentía mejor sin tener que lidiar con el problema que era tener síntomas tan patéticos por algo tan simple.

—¿Sucede algo? —preguntó Erza, confundida. Había observado a Lucy durante todo su trayecto por la impaciencia, y había notado como esta se congelaba.

—No, nada. —Lucy bloqueó su celular y lo dejar caer en su bolsa sin importarle que siguiera vibrando, cada vez más molesto para ella. Y más angustiante—. Olvidé algo, y apenas lo acabo de recordar —agregó, sin darle importancia.

—¿Segura?

Lucy asintió y le tendió a Erza la pequeña caja junto a un tenedor.

Le dio la espalda, para volverse en su camino hacia la silla en la que estaba trabajando. Miró la gran cantidad de papeles que aún le faltaban, y suspiró, agotada.

Todo por un fin necesario, pensó.

Sacudió la cabeza para enfocarse nuevamente en lo que tenía que hacer en ese momento.

Erza se dejó caer sobre su silla, sin apartar la mirada de la rubia. La recorrió con la vista, tratando de encontrar alguna razón a su comportamiento extraño, pero no encontró nada. Ella respiraba con facilidad, no se veía alterada, ni nada que pudiera dejar de lado su imagen como apacible.

¿Realmente sería tan apacible como pensaba?

No lograba sacar nada del comportamiento físico de Lucy, pero su expresión y esos cortos momentos en los que pareció estar preocupada por alguna razón, hacían hecho dudar a Erza sobre si realmente Lucy fuera tan perfecta como la pintaban. En esos momentos, parecía estar reteniéndose de hacer algo, y eso había disparado su curiosidad.

Llevó una cucharada de pudín a su boca y lo saboreó, festejando su dicha por el exquisito sabor que invadió su paladar. Reprimió un chillido de felicidad, mientras con las mejillas sonrojadas, prefirió olvidar aquel asunto.

. . .

Mirajane apretó con fuerza la mano de su hermano menor, Elfman. Sus músculos estaban tensos y su respiración era agitada. No estaba acostumbrada a tener que recibir noticias como aquellas. La estaba matando internamente ser tan descuidada con Lisanna.

—¿Eso es todo? —preguntó. Su voz salió como un hilillo: agudo y débil.

—Sí.

El médico asintió lentamente y le pasó una hoja donde se escribían algunas cosas que Mirajane no hubiera podido llegar a reconocer sin forzar su vista.

Las lágrimas rogaban por salir de sus ojos, pero Mira se obligó a si misma ser fuerte, y por una vez, no llorar. Sabía que era considerada una llorona, y lo admitía; pero tenía sus razones. Como la mayor, debía de ser la que cuidara de todos. Desde pequeña se había prometido no llorar, pues soportaría las penas de sus hermanos sobre sus hombros sin quejarse. O al menos así pensó que sería lo mejor.

Las circunstancias habían cambiado hacía unos años, y ahora, Mirajane lloraba lo que Lisanna no hacía.

—Doctor —llamó Mira. Alzó su rostro firmemente—. ¿Podría hacerme un favor? No —se corrigió automáticamente—, ¿podría dejarme hacer algo?

El doctor miró sin entender hacía la albina. Se veía en su cara la determinación que tenía. Notó la diferencia. Antes se notaba devastada, pero ahora parecía tener una idea en mente que la haría aunque le dijera que no.

—Dígame.

. . .

Con cuidado, Gray cogió una silla y la arrastró hacia el borde de la cama de Juvia. Se sentía incómodo haciendo eso con alguien que apenas acababa de conocer, pero Juvia había insistido hasta que no tuvo más remedio que aceptar.

Se sentó y se removió un poco en la silla. Sentía la mirada fija de Juvia sobre él desde que entró a la habitación, como si lo estuviera inspeccionando o tratando como a un criminal que merecía ser controlado las veinticuatro horas al día. No era agradable la sensación se serlo, pero no obstante, era eso o ser perseguido por una desconocida hasta la salida del hospital.

No parecía ser una broma. En solo unos minutos, Gray había aprendido que Juvia podría llegar a ser la persona más insistente que pudiera haber sobre la faz de la tierra. Y por otro lado, también se creía detective.

Las únicas razones por la Juvia había insistido en que él entrara, era porque deseaba conocer a detalle profundo la razón por la cual un joven desconocido se había colado en la sección de internados sin ningún conocido a quien visitar. Y también, por la manzana. Por alguna razón, Gray sentía que los ojos de Juvia no paraban de seguir a la pobre manzana cada vez que la hacía rodar.

—¿Para qué escuchaste la conversación de Juvia con el doctor?

—Me dio curiosidad.

—¿Por qué estabas espiando a Juvia?

—¿Para qué dejas la puerta abierta?

Juvia hizo un gesto exagerado de ofensa.

—¡No respondas a Juvia con preguntas!

—¿Por qué estás en el hospital? —Gray sintió que tomaba el control de la conversación por primera vez, lo cual le dio confianza.

—No te diré.

Gray contuvo su sorpresa por el repentino cambio de humor de la joven. De un momento a otro, había pasado de estar animada a parecer tener los ojos apagados. No lo entendía, y le daba mucha curiosidad. Gray se irguió, aún sentado, mirando fijamente a los ojos oscuros de Juvia.

—¿Por qué sigues con la mirada mi manzana? —se atrevió a preguntar Gray, ignorando por completo el comentario de Juvia. Él subió las cejas en una expresión consternada cuando notó como Juvia parecía avergonzada—. ¿Qué?

Ella permaneció en silencio durante un tiempo más, en el cual Gray se exasperaba cada vez más. Rodó los ojos.

—Juvia piensa que sería mi príncipe azul. —contestó unos momentos después. Sus mejillas estaban sonrojadas y su mirada reflejaba una emoción que le produjo nauseas a Gray por lo kawaii que expulsaba—. Juvia siendo atendida por un joven que la ha seguido siempre por amor en la sombras, y le trae una manzana para calmar el hambre que ruge alegóricamente en su estómago.

Gray cada vez pensaba más que esa joven estaba loca.

—Bien… —comenzó a hablar. Se aclaró la garganta antes de seguir—, ¿qué te parecería si te doy esta manzana a cambio de que me digas por qué estás aquí?

. . .

Al final del día, cuando el cielo se empezó a atardecer, tanto Lucy como Erza soltaron una ráfaga de aire por sus fosas nasales con cansancio. Llevaban trabajando varias horas sin terminar, y la cantidad de hojas parecía por fin ser finito.

—¿Ya terminaste? —preguntó a Erza.

Lucy agitó su cabeza de lado a lado, negando. Apoyó su mano sobre la palma de su mano y se permitió cerrar los ojos durante un momento. Estaba agotada del papeleo; realmente detestaba hacer ese tipo de cosas, pero no era algo que le diría a Erza a estas alturas.

La falta de luz obligó a Lucy a tener que pararse para prender las luces. No deseaba quedarse ciega.

—Ahora que lo pienso —empezó—, Jellal nunca llegó.

Erza asintió.

—Cierto —corroboró. Se inclinó en la silla, haciéndola rechinar un poco. Dirigió su mirada hacia Lucy—. Dijo que solo iba a arreglar un par de cosas, y que volvería. Pero no lo ha hecho.

—Bueno, qué más da —dijo Lucy, resignada. No le importaba de a mucho que Jellal no apareciera, pues, por experiencia propia, conocía a la perfección como él siempre terminaba yéndose por las ramas y al final, demorándose mucho más tiempo de lo normal—. Deberíamos irnos ya. Se está haciendo muy tarde.

Erza le dio la razón silenciosamente, y empezó a recoger sus cosas con la intención de irse de ahí. Se estiró, sintiendo como sus músculos estaban tensos por tanto tiempo sentadas sin hacer nada interesante. Dejó escapar un suspiro de alivio por tener sus músculos nuevamente en funcionamiento.

Antes de salir, volvió su vista hacia la montaña de papeles que las habían retenido toda la tarde ahí.

Frunció el ceño, y se llevó una mano a las cienes para masajearlas con suavidad.

—Debo admitir que has sido mucho más efectiva que la parranda de monos cavernícolas subdesarrollados que tengo por consejo —admitió.

Lucy se colgó en el hombro su bolsa y apretó contra su pecho la maleta de Jellal, con la intención de llevársela a casa. Ya le había mandado un mensaje avisándole, por lo que no habría problema alguno.

Miró a Erza sin entender, y soltó una risa.

—Supongo que gracias.

—No, gracias a ti por facilitarme el trabajo —agradeció Erza, con expresión de tranquilidad.

—Podría ayudarte siempre si deseas —ofreció Lucy, dándose la vuelta y empezando a caminar por el largo pasillo que hacía unas horas había recorrido con cierto temor. Ya se encontraba más relajada, pues, determinó por fin la dificultad de su nueva misión—. Es decir, realmente me agradaría ayudarte. Me gusta esto.

—No podría pedírtelo.

Erza apagó las luces y cerró la puerta con llave, para luego trotar un poco hasta llegar al lado de Lucy. Con poco tiempo, sintió como Lucy era una persona de confianza, por lo que poco a poco se estaba soltando. Le agradaba hablar con ella, muy a pesar de que se sintiera inferior.

Podría aprender a ser como ella viéndola actuar, ¿no?

—¿Qué tal si actúo como la tutora del secretario, para enseñarle a trabajar bien? —Lucy intentó no mostrarse desesperada. Necesitaba infiltrarse al consejo estudiantil, y solo ayudando como alguien externo no le serviría por mucho tiempo. Apretó con fuerza el maletín, clavando sus uñar mientras rezaba internamente que funcionara. La expresión dudosa de Erza la estaba matando—. ¿Trato?

Erza pareció pensarlo un poco más, hasta que miró a su dirección y le sonrió.

—Trato hecho.
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Sáb Mayo 31, 2014 11:25 pm

CAPÍTULO IV.
Vino la lluvia…

Alzó los ojos y rodó la manzana sobre su mano, sintiendo como la mirada azul de Juvia seguía cada movimiento de esta con detenimiento.

Sonrió satisfecho.

—¿Sigues resistiéndote? —preguntó Gray.

—Juvia no se resiste —rezongó—, Juvia solo protege su integridad mental.

—Ya, claro.

Se quedaron en silencio, ambos negándose a hablar.

Gray miró fijamente a Juvia, sin importarle que esta evitara su mirada lo más posible, como si le molestara. Su mirada inexpresiva y la expresión corporal de Juvia le daba a entender que era una persona muy cerrada, que no compartía nada de su persona. Parecía elegante y segura de sí misma, pero el ligero temblor que sacudía sus hombros cada cierto tiempo la revelaba: fingía, se protegía de las personas con su distancia de los demás.

Sonrió, siendo incapaz de reprimir la ligera curvatura en sus labios.

Estiró los brazos para desperezarse. Sin decir nada, se paró y haciendo el menor sonido posible, devolvió la silla a su lugar inicial. Se acercó a la puerta, pero se paró a mitad de camino. Se debatió internamente si debía dejarle o no la manzana o si decirle algo más, hasta que finalmente optó por dar media vuelta y dejar la manzana sobre el regazo de Juvia.

Y se fue.

Sin despedidas, ni presentaciones. Un encuentro vacío, que sería el primero y último.

Juvia lo miró despectivamente hasta que desapareció detrás de la puerta, sin entender el repentino comportamiento de aquella persona recién conocida. Se removió un poco bajo las sábanas, con incomodidad. Una sensación agria le recorrió la garganta.

—Gota, gota, goteo —canturreó. Cerró los ojos e inhaló con fuerza.

Y repitió varias veces la frase, sin parar.

.

Al momento en que su mirada se alzó hacia el cielo, viendo como las gotas descendían torrencialmente de la nada, dejó que sus ojos naturalmente oscuros se opacaran.

El relajante sonido del agua cayendo sobre el pavimento de las calles y de las corrientes que se formaban en las vías de los carros, fue suficiente para dejar relajar sus hombros. El viento era frío, dominante, y calaba sus huesos al colarse por debajo de su uniforme escolar. No le molestaba en absoluto—amaba el frío, y si pudiera, viviría en una montaña nevada.

La sensación que el frío le proporcionaba era indescriptible; era cruel y lo envolvía por completo, pero le agradaba. Se sentía comprendido. El hielo era difícil de romper y congelaba a todo aquel que lo tocara, justo como él.

Se recogió la manga de la camiseta y estiró un brazo por fuera de la ventana. Su cuerpo se relajó por completo cuando las pequeñas e incesantes gotas cosquilleaban sus brazos.

Al poco tiempo, los músculos de sus brazos sufrieron un pequeño estirón que obligó a Gray hacer una mueca de dolor. El frío, el agua de lluvia y el viento helado habían logrado que el dolor surgiera, por lo que, a mala gana, metió nuevamente los brazos a lugar seguro. Se apoyó en la ventana, ahora cerrada, y siguió mirando el cielo oscuro.

Por su mente pasó la duda del porqué una tormenta como aquella llegó sin avisar. Recordaba perfectamente como hasta hace media hora, el atardecer se veía esplendoroso y digno de ser el protagonista de fotos.

—Juvia y la lluvia —murmuró. Se sorprendió a si mismo pensando en aquella coincidencia.

Sus ojos viajaron por el largo pasillo blanco hasta parar en el otro extremo, donde la única puerta abierta se hallaba; tentadora y excéntrica.

—Ella está loca —gruñó en voz baja para sí mismo. Nadie más estaba cerca, por lo que hablar solo y que lo tacharan de loco no era precisamente importante.

Pronto se encontró pensando en cómo no había podido dejar de comprarse con la extraña joven internada. De alguna manera, sentía que eran iguales, y corría el peligro de ser comprendido por alguien.

No quería eso.

Siempre solo y cerrado, no dejando que nadie entre en ti.

Cerró los ojos con fuerza.

‹‹Nadie es confiable.››

Todos desaparecen y abandonan, es la naturaleza de los humanos.

—¡Eh, aquí estás, Hielito! —exclamó Natsu.

Gray se incorporó y guardó sus pensamientos mientras sonreía socarronamente.

—Pareces animado, Flamitas —dijo—. ¿Ya hay alguna noticia de Lisanna?

—Así es. —Natsu sonrió ampliamente, con el ánimo restaurado. Ese sentimiento tan estresante y palpitante que Gray intentaba ignorar volvió a él: la envidia. Todos podían sonreír, menos él—. Al parecer no comió bien en los últimos días. —Se encogió de hombros, restándole importancia al asunto—. Y eso que nos tenía tan preocupados. Me han dicho que cuidáramos más la alimentación de ella, para que no vuelva a recaer.

—Ah, ya veo —exclamó Gray. Metió las manos dentro de los bolsillos del pantalón y empezó a caminar.

Pudo sentir como Natsu lo seguía. Gray contuvo sus ganas de vomitar; la alegría de Natsu le brotaba hasta por los poros, y eso le hacía sentir incómodo. ¿Por qué no podía sentirlo también?

—¿Qué hacías por acá?

—Iba a la cafetería —respondió Natsu. Acomodó su bufanda sobre el cuello, subiéndola un poco más hasta el punto en que tapaba el inicio de su nariz. Tembló visiblemente—. Hace un frío de horror, por lo que decidí comprar algo caliente. No, ¡picante!

—¿Alguna vez dejarás tu obsesión por la comida picante? —Gray miró de reojo a Natsu, reprochándole con la mirada.

Inevitablemente pensó ambos como fuego y hielo.

El alegre y el serio.

Caliente y frío.


Agitó un poco la cabeza, queriendo alejar esas ideas de su mente. Había pensado demasiadas veces en eso y lo estaba hartando—siempre veía las diferencias entre él y la demás gente. Sobre todo con Natsu, su mejor amigo y enemigo. Aún la persona en la que más confiaba, el que debía de ser Natsu, no podía entenderlo.

‹‹Nadie nunca me entenderá››.

Gray giró su cabeza para volver a fijarse en el único espacio abierto de todo el pasillo. Inevitablemente una sensación agria le recorrió la garganta y su ceño se frunció. Lento y reacio, no se permitió pensar en su pasado, ni volver a ver a esa persona nunca más en su vida. No hacía falta, pues estaba seguro de que evitaría a toda costa acercarse.

Movió su cuello de lado a lado, con la intención de relajar sus músculos tensos. Y en el momento en que sin querer sus ojos volvieron hacia el mismo punto de antes, fue incapaz de parar sus pensamientos. ‹‹No supe su apellido››, pensó, ‹‹ella solo es Juvia y la lluvia››.

Sonrió, divertido.

Natsu lo miró sin entender. Le pegó un golpe ligero en el hombro, logrando hacer que Gray mirara a su dirección molesto.

—Te comportas más extraño de lo normal —dijo. Natsu se llevó las manos por detrás del cuello y apartó la mirada. Quería no parecer preocupado—. ¿Ha pasado algo?

—¿Eh, que es eso? —Gray hizo un gesto de susto y asco— ¿Natsu Dragneel está intentando ser buena persona?

Se escuchó  el eco de la risa de Natsu por todo el pasillo.

.

Se ajustó las pequeñas gafas sobre la nariz, sin apartar la mirada de las cientos de hojas esparcidas por toda su cama. Arrugó levemente el entrecejo con molestia y cambió de posición al sentir las piernas entumecidas por estar en la misma posición durante tanto tiempo. Sintió como un hormigueo molesto recorría sus piernas de una manera que le hizo temblar.

Maldijo por lo bajo a su padre por darle tanto trabajo.

Se dejó caer hacia atrás en su cama, sintiéndose derrotada en poder terminar todo aquel papeleo antes de que fuera media noche. Su cuerpo le pedía descanso urgentemente, pues todas aquellas noches se había tenido que quedar despierta para hacer el tedioso trabajo que su padre le daba para mantener un «balance» de privilegios. Si Lucy deseaba algo, lo tenía que pagar con trabajo.

Dio media vuelta, sin importarle que tirara papeles al piso. Haciendo un esfuerzo para alcanzar el pequeño botón de reproducción, logró hundirlo, y en ese momento la música salió de los parlantes distribuidos alrededor de su habitación.

Lucy sonrió, satisfecha.

—¡Baja el volumen, Lucy! —le gritaron desde el otro lado de la pared.

La rubia rió a carcajada abierta. Amaba poner la música a gran volumen, no solo porque la hacía sentir alegre y animada, como si pudiera llevarse todos sus problemas, sino que también tenía sus ventajas. A Loke siempre le molestaba que Lucy pusiera la música a ese volumen, sobre todo a mitad de la noche, cuando él decía estar en los sueños más hermosos posibles.

Loke se paró frente a la puerta de Lucy y la aporreó con furia, exigiendo que le dejaran entrar.

—¿Deseas algo, Leo? —preguntó Lucy, fingiendo ignorancia. Se acostó boca abajo mirando hacia la puerta, apoyándose sobre sus antebrazos para no morir ahogada por asfixia.

Una sonrisa burlona se creó en sus labios.

Molestar a uno de sus mejores amigos, sobre todo a Loke, le hacía sentir relajada. Le hacía reír verdaderamente, como pocas veces pasaba en su vida cotidiana. Loke era, en definitiva, una de las personas más raras que había conocido en su vida. Sus reacciones eran extremistas, sus ligues le daban risa a Lucy y más que todo, era un cursi reprimido. A veces, hasta creía que Loke era más afeminado que ella, una mujer.

—Necesito dormir —declaró Loke, con voz molesta—. Y para eso necesito que quites tu molesta música dubstep, señorita Inteligente. Me perturba los sueños, y no quiero tener que volver a soñar con esa horrible araña asquerosa que tenías de mascota hace dos años.

—¡No ofendas a Wixy*! —exclamó Lucy, repentinamente ofendida. Se paró de un salto de la cama y se dirigió a la puerta, sin abrirla—. Nunca te hizo nada malo, así que ten un poco de respeto a mi fallecida mascota —dijo—. Yo nunca me quejé de esa horrorosa y felpuda oveja que pintaste de rosado. ¿Acaso eres gay? ¿Qué clase macho tiene de mascota una oveja rosa?

Loke soltó una exclamación de indignación.

—¡Aries era bella y cariñosa, no como tu malcriada araña!

—Sí, Aries era muy macha —se burló Lucy, mientras rodaba los ojos.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Aries era lo suficientemente macha sin necesidad de tener una personalidad asquerosa —declaró, con orgullo. Aunque sabía que Lucy no podría verlo, Loke infló el pecho, tratando de mostrarse lo más macho posible.

—Seguro, ¡oh! Gran Macho.

La pelea terminó cuando un trueno resonó, asustando a ambos. Lucy rápidamente abrió la puerta y se tiró a Loke, asustada de la misma manera que él. Ambos cobardes.

Una tormenta que no habían previsto se avecinaba, y ninguno era lo suficientemente valiente como para enfrentarlo solos.

.

Dio una última mirada a la blanca habitación en la que había vivido los últimos meses, sola y abandonada del mundo. No se quejaba de no tener visitas, pues sabía que nadie conocía su situación actual o paradero desde aquel suceso.

Su mente se sentía fresca después de haberlo pensado tanto tiempo. Nada hubiera sido mejor que ese tiempo completamente sola para aclarar su vida de ahora en adelante.

Hizo una mueca extraña con sus labios, simulando una sonrisa mal formada.

No sabía sí sentirse feliz, triste, angustiada, o sí sentir algo. Su capacidad para mantener los sentimientos se había deteriorado con el pasar del tiempo. Ella era ahora solo una muñeca andante, sin dueño ni lugar que la esperara. Había pasado su vida así durante mucho tiempo, y seguiría estando, pues reconocía que nada en su vida la iba a hacer sentir algo nuevamente. No lo necesitaba. Los sentimientos eran solo una manera de hacer miserable a los humanos. Apegarse a las personas o cosas no servía de nada más que para ser abandonado después.

Su vida ahora solo tenía un propósito: Ganar la guerra que había empezado años atrás.

Y esta vez no iba a perder.

—Gota, gota, goteo —canturreó mientras se daba la vuelta y se dirigía a la salida de la habitación.

Pero por el rabillo del ojo notó un punto rojo brillando sobre su cama. Llamó su atención, como una lámpara llama a los mosquitos. Paró de caminar durante unos momentos, sin decidirse en qué debía hacer realmente.

Después de meditarlo, agarró la manzana y con una uña, garabateó una figura.

—Gota, gota, goteo —volvió a cantar. Su melodía sonó tétrica, y sin sentimiento. Dejó caer la manzana sobre la cama nuevamente y salió de la habitación, sin volver a mirar el punto rojo que más llamaba su atención.

Afuera, una lluvia torrencial seguía cayendo sobre el hospital mientras caminaba en dirección a su nuevo destino. Aquel por el que había esperado tanto tiempo

—Gota, gota, goteo.

.

Cuando Jellal llegó a la puerta de la entrada de la mansión, bajo la lluvia empapado y escuchó los gritos infantiles de Lucy y Loke. Sonrió divertido. Sabía que esos dos detestaban los truenos, y más aún cuando no estaba con ellos dos consolándolos. Él parecía el padre de dos infantes atrapados en el cuerpo de adolescentes.

Sin embargo, un sentimiento amargo le recorrió todo el cuerpo cuando un nuevo trueno hizo su aparición en el cielo y el sonido le quebró los oídos.

Movió la cabeza de lado a lado, tratando de apartar ese sentimiento de sí mismo.

Prefería no pensar en eso.

Sacó las llaves de la puerta y la introdujo en la cerradura. Entreabrió la puerta, solo lo suficiente como para que los cobardes que estaban adentro pudieran escuchar su grito pidiendo una toalla.

Un escalofrío lo hizo paralizarse en su puesto cuando una melodía conocida llegó a sus oídos desde detrás de él. Y en ese momento deseo no haber llamado a Lucy para que viniera a la puerta, pues ella también contuvo el aliento con terror.

—Gota, gota, goteo.

Glosario:
*Wixy: Con esto, hacía referencia a una canción ¿infantil? (No sé sí lo es o no, pero creo que lo es) de Wixy Wixy Araña. Dice: «Wixy Wixy araña, subió la telaraña. Vino la lluvia y se la llevó.» Es una clase de juego al ponerla en esta historia. Me gusta hacer bromas idiotas. (¿?)

Notas de Autora:
Ah, Ela. *corazón* Tu comentario me llegó, enserio. Me puso sentimentalosa, sobretodo porque los primeros capítulos son los más aburridos existentes de todo el mundo literario y tú como buena persona accediste a leer este FanFic feo. Gracias por el comentario.
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Alex Beckhamm


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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Sáb Mayo 31, 2014 11:32 pm

CAPÍTULO V.
… y se la llevó.

La suavidad de la cortina al apartarla con un suave movimiento de mano fue como una caricia tranquilizadora. Se sentía mareada, aturdida. Y el clima fuera de la seguridad de la casa cada vez empeoraba más. El repiqueo de las gotas de lluvia cada vez eran más intensas y violentas, lo cual asustaba a Lucy.

La lluvia siempre le traía ese sentimiento amargo a su garganta y un conocido escozor en sus ojos le acosaba cada vez que dejaba volar su mente libremente. Por eso siempre tenía que centrarse, no dejarse distraer; porque cada vez que su mente cogía el camino que quisiera, llegaba a un punto donde los recuerdos eran tan dolorosos como una puñalada en el corazón capaz de hacerla agonizar en pocos segundos. A veces se creía masoquista, pues su propia mente la engañaba de tal manera que la dejara llegar a esos momentos que más trataba de borrar.

Estaban en silencio. Los truenos y las gotas de lluvias estampándose contra el vidrio sin piedad era lo único que llenaba la gran sala del salón principal.

Jellal fue el primero en romper el silencio al dejar ruidosamente su taza de té sobre la superficie de la mesa, con la intención de que todos dirigieran su atención a él de manera rápida.

Y fue un éxito. Tanto Loke como Juvia subieron sus rostros de manera automática debido al sonido que los sacó de la ensoñación en la cual se habían sometido casi solo por reflejo. Sin embargo, Lucy dudó. Se rehusó a apartar la mirada del vidrio, donde trataba de enfocar su vista en el paisaje exterior en vez del cruel reflejo que le brindaba. Se abrazó a sí misma al notar como su calor corporal parecía abandonarla.

Lucy sabía que solo faltaba ella; que era la única que se negaba a hablar. Sin embargo, poco le importaba. Su orgullo y miedo le impedía desprenderse del vidrio, de afrontar el tener a Juvia frente a sus ojos nuevamente.

—Juvia dice que Lucy-san debería de relajarse —dijo con su indudable acento japonés que la distinguía—. Juvia no hará nada.

La rabia floreció en Lucy por primera vez, aunque en su interior sabía que no tenía derecho a enojarse con ella. Aun así, no pudo detener su mirada envenenada hacia Juvia.

—Supongo que debemos creerte después de la escena que montaste en la entrada.

Juvia se removió un poco en su puesto, pero mantuvo su cabeza en alto mientras miraba directamente a los ojos de Lucy, que aunque amenazantes, no hicieron un efecto relevante en la actitud de Juvia.

—Sí —respondió sin esfuerzo—. Juvia lamenta haber hecho eso.

—Nunca había escuchado una disculpa por casi asesinato tan cordial —ironizó Lucy, a la defensiva.

Su mirada se mantenía clavada en cada uno de los movimientos de Juvia. Aguardaba en alerta que en algún momento algo fuera a pasar; buscaba los indicios de un cambio en su conducta: respiración agitada, nerviosismo, cualquier cosa que a Lucy le pareciera sospechosos. Pero no encontró nada en ningún momento. Juvia seguía en la misma posición con la espalda erguida, los hombros caídos y los ojos entrecerrados. No veía nada en sus ojos; ni angustia, ni temor, ni remordimiento.

Y eso le estaba alterando. Quería saber que tenía razón, que no estaba siendo paranoica.

La frialdad de Juvia la acosaba y le hacía sentir peor, como si estuviera acusando a un inocente por maldad. Cada instante que pasaba, algo en su interior le gritaba que debía dejar la desconfianza de lado y acoger entre sus brazos a la niña perdida que parecía ser Juvia. Sola, sin sentimientos, falta de amor. Era todo lo que conmueve a una persona.

Le dirigió una última mirada antes de salir a paso rápido de la sala sin decir nada. Lucy desapareció por las escaleras mientras un ambiente más relajado se instalaba.

—¿Qué te ha pasado, Juvia? —preguntó Jellal. Se había callado la pregunta desde que la vio, pero la curiosidad y esperanza le carcomían desde dentro. Quería saber, liberarse—. Te veo diferente.

Los ojos de Juvia, de color azul oscuro y sin vida, parecieron brillar por un instante.

—Entonces sí es verdad.

La respuesta era tan poco informativa como la misma pregunta. En vez de responder, nuevas dudas afloraron en las mentes de Loke y Jellal. Ambos se miraron entre sí, asustados y rezando en silencio por estar equivocados en las respuestas que ellos mismos le habían dado a su pregunta. No dijeron nada, se mantuvieron en silencio, sin atreverse a decir algo que pudiera afectar en la próxima respuesta de Juvia.

—Ustedes conocían a Juvia desde antes —dijo ella, casi con seguridad. Su afirmación parecía ser al mismo tiempo una pregunta, como si aún tuviera sus dudas.

—No hubieras entrado a esta casa sí no fuera por eso. —Lucy apareció nuevamente, con una toalla en la mano. Se la lanzó a Juvia en la cabeza y apartó la mirada—. Vas a mojar los muebles sí sigues así de mojada. Será un problema, así que sécate rápido o vete.

Jellal fue incapaz de no mostrar una mueca que semejaba una sonrisa ante el comportamiento de Lucy. Ella parecía indiferente a la situación de Juvia, como si no le importara sí el mismísimo del diablo se la llevara frente a sus ojos. Empero, conocía a Lucy, y notaba que internamente no podía ser tan mala como deseaba ser, aunque su razonamiento le dijera que debía serlo. Lucy era una persona estricta y que aparentaba crueldad, pero era más sensible a la situación del prójimo que a la suyas propias.

—No me miren así —bufó Lucy con el ceño fruncido. Su mirada oscilo entre la agradecida de Juvia y la de Jellal—. No lo hice por ella, sino por los muebles, ¿entendido?

—Seguro.

Giró la cabeza indignada por su tono, pero no dijo nada más. Lucy se sentó al lado de Loke, en el sillón frente a Juvia, aunque nunca se cruzó con la mirada de ella.

—Juvia —la llamó Jellal. Un presentimiento de que sí no tomaba las riendas en la situación, seguirían evadiendo el tema principal.

Ella asintió, aún quieta, en su puesto.

—Hace unos momentos parecías casi dudosa de conocernos —dijo—. No sé porque he tenido esa sensación, pero…

—Juvia tiene amnesia —le cortó.

Jellal fue incapaz de seguir hablando, pues su mente se había puesto en blanco. No sabía que sentir, ni que hacer. Sus emociones eran una rara mezcla entre emoción y decepción, alivio y preocupación, todo al mismo tiempo.

—¿Desde hace cuánto? —Loke, que parecía no haber escuchado mucho de la conversación, despertó de salto al escuchar las palabras de Juvia. Sus ojos relampaguearon con angustia por un momento.

Un trueno hizo que Lucy saltara sobre su puesto. Aprovecho la situación que se le presentaba para escapar: No quería oír nada más. Sobre todo, porque su intuición estaba alerta, advirtiéndole lo mucho que las próximas palabras de Juvia podría causarle. Su mente le decía que su vida estaba relacionada con eso; que todo lo que había hecho hasta ahora para ocultar sus pecados sería en vano si la situación de aquella persona se mostraba. Lo habían hecho bien durante tres años, y no quería que los únicos dos años que le faltaban para liberarse de cualquier presión sobre su vida se viera afectado por la espontánea aparición de la persona faltante en el Testimonio.

Volvió a pararse delante de la ventana, con una mano sosteniendo delicadamente la cortina hacia un lado y sus ojos perdidos en el paisaje borroso por culpa de las tormentosas gotas de lluvia.

Parpadeó varias veces tratando de enfocar su vista. Sintió las dos pequeñas lágrimas recorrer sus mejillas. No se esforzó mucho en ocultarlas, sabiendo que sólo serían esas dos y nada más. Nunca más se hubiera permitido derramar líquido innecesario.

—Juvia no está consciente de cuánto tiempo ha estado así —declaró, un poco aturdida. Parecía estar haciendo un gran esfuerzo por recordar, pues su ceño se mantenía fruncido notablemente—. Juvia dormía durante mucho tiempo, y como no tenía a nadie para cuidarla, Juvia perdió la noción del tiempo durante su estadía en el hospital.

Estuvo tentada a mencionar más detalles; su boca se abría y cerraba por tiempos, pero sin mencionar palabra, y en sus gestos se notaba su indecisión. Sin embargo, no mencionó nada más. Se limitó a voltear la cabeza, tratando de evadir las miradas.

—¿Estás diciendo que… nadie te cuidó? —preguntó Loke. Miró significativamente en dirección a Jellal, el cual sólo apartó la mirada.

Juvia asintió, dándole la razón.

—¿Entonces quién pagó tu hospitalización?

—Era un señor —admitió Juvia—. Visitó a Juvia una única vez, cuando despertó por primera vez. Dijo que su nombre era… —dudó un poco. Era un recuerdo tan lejano para su mente que todo era muy borroso—, Jude Heartfilia.

.

Los pasillos de la casa atemorizaban a Juvia. La habían guiado hasta la habitación en la que iba a quedarse, pero no pudo evitar sentir que un monstruo o fantasma le iba a asustar si no dejaba de mirar como un animal acorralado hacia cada lado.

Después de toda la charla, Jellal había decidido que Juvia se quedaría a vivir con ellos por el momento. Lucy se encargaría de cuidarla y vestirla, mientras que Loke se haría cargo de sus documentos nuevos y la inscripción a la Academia, pues no podían mantenerla encerrada en la casa por tanto tiempo. Habían coincidido en que lo mejor para su nueva inquilina sería que viviera una vida normal, como cualquier estudiante de su edad, con la condición de que nunca revelaría su verdadera identidad, pues querían evitar problemas que Juvia no terminaba de entender a que se debían.

Se preguntaba a sí misma si estaba causando muchos problemas a aquellos tres jóvenes, que a pesar de tener muy buenas condiciones económicas a pesar de vivir solos, no parecían menos afligidos de lo que ella lo estaba.

Después de que Lucy le dio un par de pijamas y ropas diarias para su uso, Juvia quedó sola en la enorme habitación a oscuras. No se molestó en prender las luces; le agradaba más así, en la tranquilidad de la noche lluviosa. Se sentó en la cama, haciendo que esta se hundiera bajo su peso, lo cual fue reconfortante para ella, pues durante mucho tiempo, había dormido en camas duras. Sonrió tristemente y alzó la vista al techo blanco.

—Juvia debería de decirles… —murmuró. Su voz salió tan débil que se perdió rápidamente en el silencio de su habitación.

Su mente divagó durante varios minutos. Sentía el peso de su secreto en todo su cuerpo; todo parecía ralentizado en ella, le costaba moverse y pensar claro.

Después de un momento, sus ojos se movieron hasta el folio que había dejado reposando sobre el nochero después de que Lucy desapareciera. Lo cogió lento, casi con reacio, y lo abrió para inspeccionar su contenido nuevamente.

Jellal Fernández. Loke Leo. Lucinda Ashley.

El pequeño pedazo de hoja rota que reposaba en la parte superior de la carpeta relucía entre el monto de hojas lisas y formales que conformaban el resto del contenido del folio.

Lo releyó varias veces, sabiendo que debía deshacerse de ese pequeño papel. A pesar de contener muy pocas palabras y ser demasiado concreto, había sido su guía desde que aquel hospital especial le había dado permiso de transferirse a un hospital normal. Le había dado nombre a las formas borrosas de sus pesadillas y la habían conducido hasta su situación actual.

Abrió la ventana, sin importarle que el agua de lluvia entrara por la ventana. Miró por un rato al exterior con expresión nostálgica como siempre hacía. Su primer recuerdo era un día lluvioso como aquel.

Los sucesos de aquel momento estaban grabados en tinta en su mente; podía reproducirlo constantemente con todo detalle y sentir los mismos sentimientos que en aquel entonces.

Cerró los ojos con fuerza y agitó la cabeza con fuerza. No quería pensar más en eso, ahora sólo debía seguir adelante con la ayuda que le habían prestado, pero para eso debía de deshacerse de esos recuerdos que se suponía no debía tener. Aspiró y, sin titubear, soltó el pequeño papelito, que en vez de volar, fue arrastrado por la lluvia a esconderse y machacarse en el césped junto a las plantas.

—Gota, gota, goteo —canturreó por última vez.

Lo miró durante unos momentos, viendo como la lluvia se encargaba de lo que ella debía de hacer. Y, de paso, esa lluvia se había llevado también su vieja vida y la inseguridad.

.

Lucy estaba histérica. Trataba de mantener la calma por fuera, comportándose tan tranquila como siempre hacía, pero por dentro todo su ser se quemaba en el ácido que eran las palabras de Juvia.

Se revolvió entre las sábanas, pataleando y soltando gruñidos, sabiendo que no lograría acomodarse por la incómoda sensación que le desgarraba por dentro. Tenía ganas de vomitar, o al menos sentía que lo haría si no lograba tranquilizar sus nervios antes de definitivamente desesperarse. Paró de moverse y golpeó el colchón con sus manos cuando se dio por vencida. Su cabeza se movió hacia un lado, en dirección a la ventana.

La noche estaba igual de tormentosa desde la tarde, cuando había llegado de la academia después de trazar parte inicial de su plan.

Rio con ironía. Cada vez que hablaba de «planes» se sentía como si fuera una agente secreta especial, o alguna espía encubierta. Uno de sus sueños de pequeña era serlo, combatiendo a los malos con habilidades de lucha extraordinarias. Sin embargo, ya no era más su sueño, sino su temor.

Saltó de la cama automáticamente cuando escuchó una puerta cerrarse: Jellal había llegado. Lo podía saber fácilmente. A pesar de que había varias habitaciones extra en la casa, la de todos quedaba todas cercanas. La de Loke era la puerta a su derecha, y la de Jellal, la del frente. Lucy solía perderse y tener pesadillas, por lo que la decisión había sido que la mejor forma de hacerla sentir segura, era que quedaran cercanas.

Lucy tomó un suéter dos tallas más grande y se lo puso sobre la pijama de conejitos antes de salir disparada a tocar fervientemente la puerta de Jellal.

Antes de que él terminara de abrir la puerta, Lucy ya había saltado dentro, llenándolo de preguntas con semblante preocupado. Jellal la miró exhausto; sus ojos levemente entrecerrados, luchando por no cerrarse y las ojeras señalaban como un anuncio en neón acerca de su cansancio. Lucy no pudo evitar sentirse mal por él; sabía que él sería incapaz de sonreír y estar tranquilo en ese momento.

—¿Entonces…? —lanzó Lucy con cautela. Se cruzó de brazos y lo miró fijamente.

—Nada de información —respondió.

Jellal se dejó caer sobre el sillón, sus músculos se relajaron luego de más de una tensado.

—Mi padre quiere hacernos la vida un infierno —Lucy frunció el entrecejo. El sólo pensar en el cínico Jude Heartfilia siendo su progenitor, tener su sangre corriendo por las venas, le hacía querer vomitar.

—Lo merecemos.

Por un momento, Lucy quiso refutarle, pero fue incapaz de contradecirlo: Tenía razón, pero eso no significaba que su vida tenía que ser un constante juego del escondite.

Apretó los ojos fuertemente al momento en que momentos de hacía dos años volvían a su mente. Quería olvidarlos, escapar. Pero no podía hasta lograr limpiarse. Su apellido la perseguiría durante toda la vida, y su pasado no la dejaría tranquila hasta que se deshiciera de todo lo que ocultaba bajo sus pies.

—Acerca de Juvia —mencionó, luego de un momento. No quería tocar el tema, pero lo consideró necesario—. ¿Tú crees que en la clínica la habrán informado acerca de su problema?

Jellal se estremeció, pero mantuvo la calma.

—No creo —dijo—. O sino, lo quiere ocultar. Y lo mejor será actuar como ignorantes.

—¡Podría causar muchos problemas! —Lucy se acercó a él, mirándolo fieramente—. No dejaré que más cosas pasen.

—Su problema es su problema. Sí no nos los dice, será porque tiene algunas razones; no quiero presionarla. No tengo derecho para meterme.

Lucy retrocedió, alterada. Su humor de perros afloró por más que intento no dejarlo salir en consideración a su mejor amigo. Sin embargo, no pudo controlar la ira que la recorría cada vez que él hablaba acerca de Juvia como si no fuera nada. Lucy no la trataba de la mejor manera, pero se debía a sus razones, y a pesar de eso, no quería que saliera lastimada. Siempre había tenido la costumbre de cuidar de ella.

—¡Si tienes derecho! —gritó Lucy. Puso los brazos su cintura, en forma de jarrón. Clavó las uñas en la ropa para evitar no pegarle una patada a Jellal cuando él frunció el ceño, molesto con ella por atreverse a recordárselo—. ¡Es tu hermana, joder!
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Ela McDowell el Dom Jun 01, 2014 7:18 pm

Es realmente increíble cómo logras mantener el drama y el misterio a la par en cada capítulo. Siempre me dejas con una intriga nueva, como si no te bastase con las incógnitas que ya planteaste en mí con anterioridad. En definitiva, éstos son los géneros en los que te desenvuelves con una destreza única. Siendo sincera, envidio tu talento, y me alegra mucho que seas tú la que lo poseas. No entiendo qué haces para que el suspenso haga acto de presencia en cada párrafo, cual anfitrión de la historia.

Quiero saber cuál es el trabajo que le encargó el padre de Lucy, el pasado que la atormenta y por qué ese trío actúa de esa manera con Juvia. También me encoje el corazón el ver que todos tienen su propio martirio interno, que se sientan incomprendidos. ¡Es definitivamente el mejor Fanfic dramático que he leído! Nunca me imaginé que los personajes que encontraba tan alegres en el anime pudiesen albergar, aunque sea en una trama aparte, ese tipo de sentimientos en su interior. En cuanto a la hermandad de Juvia y Jellal, es algo que me habría tomado por sorpresa si no hubiese leído los comentarios que te dejaron en FF.net. Pero me encanta, pues ambos tienen el cabello azul, personalidades un tanto serias y sus nombres comienzan por la letra J.

Espero la continuación de la próxima semana. ♥


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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Alex Beckhamm el Lun Jun 09, 2014 1:11 am

CAPÍTULO VI.
Silencio.

Por un momento, Jellal se quedó estático, como una roca sin vida ni ánimos. Escuchar esas palabras lo convertían en un ser vacío. Antes, cuando se el coraje le había hecho levantarse de su puesto con energías de defender su posición, le abandonó por completo al escuchar esa simple frase que había salido de la boca de muchas personas en el pasado. Sus piernas temblaron, sin más fuerzas con las que sostenerse, y se derrumbó en el sillón con los brazos colgando a cada lado de su cuerpo como si fuera un peluche de juguete.

Lucy lo miró con angustia y sorpresa combinadas. Se sentía un poco culpable, pero su terquedad le impidió dejar de lado su posición firme ante el tema que representaba Juvia.

—Ella… —Jellal respiró hondo antes de continuar hablando. Sus ojos estaban perdidos, pero al menos parecía un ser viviente—, no es mi hermana —declaró.

—Lo es, quieras o no.

Jellal agitó la cabeza desesperadamente y ocultó el rostro entre sus manos. Se le veía destrozado, tanto por dentro como por fuera.

Por un momento, Lucy sintió la necesidad de ir a abrazarle, consolarle, darle palmaditas en la cabeza justo como él lo hacía años atrás en sus noches de pesadillas. No hacer nada le daba la sensación de ser desagradecida, de no ser capaz de hacer al menos lo que él hacía por ella.

Sin embargo, sólo se arrodilló frente a él y se quedó ahí, sentada, mirándolo fijamente. En ningún momento lo tocó; únicamente lo vio temblar durante toda la noche, conteniendo las lágrimas, hasta que finalmente, cuando el sol ya empezaba a aparecer, todas sus fuerzas desaparecieron y cayó rendido en la almohada del sillón con sólo un par de gotas deslizándose por sus mejillas como hacía muchos años no pasaba.

Lucy en ningún momento dijo algo, y esa era su ayuda: guardar silencio ante su debilidad.

. . .

Las ojeras bajo sus ojos hiso que Lucy se espantara ante su propio reflejo. Sin siquiera haber pegado los ojos en toda la noche, se obligó a sí misma a asistir al colegio.

«¿Para qué?» se preguntó. Su aspecto lucía realmente mal y no quería tener que pasar por la fase de las explicaciones a tan terribles ojeras. Más aún, ni siquiera tenía interés en asistir a clase. Antes acostumbraba a tener la reputación de la joven rebelde que sin pelos en la lengua les hablaba a los profesores y se escapaba de clase sin remordimientos. Pero era su tiempo pasado, y no podía evitar tener que comportarse como la niña buena.

Cerró los ojos, tratando de descansarlos al menos unos segundos, que serían de ayuda para soportar al menos un poco más el día tan tedioso que iba a tener.

Sabía a qué se enfrentaría: A las falsas y plásticas que se acercarían a ella con una cara chillando preocupación sólo para aparentar que la vida de Lucy en verdad les importaba. Lucy no podía evitar querer vomitar frente a ellas, y de paso, también ensuciarles los impecables tacones que traían como si fuera una pasarela. Sin embargo, no podía dejar salir estos sentimientos a la luz del día, por lo que simplemente debía de aceptar en silencio sus huecas palabras como la persona dócil y amigable que era, o se suponía que debía ser.

Antes de entrar por las puertas de la Academia al lado de Loke, que le hablaba con energía, paró unos segundos y apretó los labios.

Loke, sabiendo la angustia de Lucy, sólo sonrió con burla.

—¿Preparada mentalmente para la banda de monos con maquillaje y tacones asesinos hablándote? —preguntó.

—¿Acaso eso siquiera se puede lograr? —Lucy frunció el entrecejo mientras respondía mordazmente con aquella pregunta.

La risa de Loke llamó la atención de las demás personas. Él, sin importarle que le estuvieran mirando, pasó un brazo sobre los hombros de Lucy y la empujó hacia adentro, pasando las puertas que separaban la tranquilidad del aire libre y el aire enjaulado de la cárcel que tenía por colegio.

—Sobrevivirás —dijo, con la cabeza alzada y una sonrisa pintada en sus labios—. Siempre lo haces.

Lucy hizo una mueca.

—¿No podemos faltar a clase hoy e ir a alguna otra parte? —rogó Lucy. Se giró hacia él y le miró suplicante—. Por los viejos tiempos —agregó.

—En los viejos tiempos eras una adolescente con cabello desarreglado, ruda y que odiaba con toda su alma llamar la atención. —Loke negaba con la cabeza al tiempo que hablaba—. Y mírate ahora: Eres la bebé gigante favorita de la Academia. La dulce y tierna Lucy. La social y amigable Lucy. La encantadora y popular Lucinda Ashley. Ya no eres aquella persona con la que me volaba de clase para ir al parque de diversiones, sino la perfecta estudiante modelo de esta academia.

Golpeó suavemente la frente de Lucy y se inclinó hacia ella hasta que sus labios se posicionaran cerca del oído de ella.

—Recuerda quien eres ahora, Ashley —susurró—. Mi persona favorita es Lucy Heartfilia, y sólo a ella le haría el favor de sacarla de clases.

Loke la soltó y le sonrió, para luego despedirse de ella mientras desaparecía por el corredor lleno de gente, dejando a Lucy con la palabra en la boca.

Apretó los labios, tratando de contenerse de no ir tras Loke para gritarle en la cara un par de verdades dolorosas como acostumbraba a hacer. Miró a su alrededor, notando la gran cantidad de personas que la rodeaban, y recordó amargamente que no podía permitirse ser tan agresiva en aquel lugar, frente a tantos. No podía ser Lucy frente a los demás, y eso la estaba matando.

Aspiró fuerte, y recobró la compostura: Una sonrisa tranquila pintada en su rostro como si fuera una pintura y actitud amable, como Ashley debía de ser.

Un complejo natural maquillaje para ocultar sus ojeras y la personalidad que esperaban de ella debían de permanecer—la máscara debía de mantenerse imperturbable para su sobrevivencia.

. . .

El día entero había sido el más agotado que Lucy había tenido en años. Jenny Realight, la reina plástica, como Lucy la llamaba debido a la abundancia de cirugías que creaban el cuerpo de diosa hueca que tenía, había estado pegado a ella durante todas las clases juntas para preguntarle con esa voz chillona y molesta acerca de la vida de Loke. Al parecer, según lo único que Lucy logró escuchar antes de desconectar su mente, era que Jenny había caído irremediablemente como un ratón en trampa de queso cuando en una fiesta un Loke borracho había intento ligar con ella.

«¿Acaso no entiende que Loke, el gran mujeriego, liga hasta con un árbol?», se preguntó Lucy mientras abría su locker bruscamente, aprovechando la falta de personas en el pasillo para descargar la molestia que se había ido acumulando en su interior a través del día.

La voz de Jenny parecía casi reproducirse en su mente automáticamente sólo de pensar en algo con una mínima relación con Loke.

—Cuando llegue, voy a joder a ese jodido mujeriego hasta que me implore perdón por ser la causa por la cual tuve pegada a una molesta plástica en el peor día posible. —refunfuñó mientras hablaba movía de la cabeza y hacia muecas extrañas para pronunciar su molesta. Cogió un libro y lo tiró dentro del locker sin delicadeza—. ¡Loke, por el amor a dios! Sé que te gusta ligar, ¿pero acaso no tienes dignidad o siquiera algunos parámetros que limiten tu lista de presas idiotas?

Lucy seguía metiendo y sacando libros sin delicadeza mientras hablaba como si él estuviera ahí, dejando por primera vez en el día que su máscara se disolviera completamente para expresar sus verdaderos sentimientos.

—Ese jodido idiota me vale una defecación de rinoceronte mágico con alas y cara de Jenny por hacerme aguantar a ese maniquí de plástico salido de una película de terror mala con apellido Realight. —insultó de la mejor manera que podía. Después de tanto tiempo sin ser grosera ni expresar odio, su intento de insultos eran simplemente penosos, pero al fin y al cabo, lo eran.

Inhaló fuertemente al momento en que su cuerpo tembló al sólo pensar nuevamente en la cara de Jenny preguntándole con esa cara suya sobre Loke.

Le daba asco, así de simple.

—Ugh, me tengo que tomar unas vacaciones antes de que insulte a todos. —dijo, ya estando más tranquila.

Miró su reloj, y notó que aún faltaba media hora para que Jude Heartfilia tuviera la decencia de siquiera dejarla entrar a las propiedades que, con derecho, Lucy debía de considerar suyas también. Y a pesar de que necesitaba hablar rápidamente con él, sabía que no valía de nada intentar entrar en la mansión Heartfilia antes de la hora en que definitivamente ningún empresario ni accionista de la empresa pudiera estar dentro de las instalaciones.

Se echó la maleta al hombro, suspiró, y sabiendo que no debía de haber nadie más en el colegio a esas horas, se hizo sus cómodas pero infantiles coletas. Sonrió ante la comodidad que sentía teniendo su estilo, y no aquella compleja trenza transversal que se había hecho por la mañana.

Miró hacia un lado; el pasillo estaba vacío y no había escuchado ningún sonido en un buen rato, por eso no se preocupó en terminar de cambiar su imagen. Se quitó algunas de las prendas que más consideraba molestas por el color o el estampado de flores, y sacó del locker su preciada chaqueta grande de color verde militar y sus inseparables converse negras ya un poco roídas por el uso. Finalmente, se sintió libre al fin: Vestimenta sencilla y cómoda, sin tanto colores y estampados molestos, además de la libertad que sentía al caminar con los mejores zapatos alguna vez creado, según su opinión.

Sonrió por fin, sintiendo que por primera vez en el día podía respirar tranquila. Cada minuto del día iba acumulando la presión y el peso que la máscara ejercía sobre ella hasta asfixiarla, atormentándola y obligándola a detestarse más a sí misma.

—Adiós Lucinda Ashley, la insoportablemente amable joven —murmuró, con un poco más de ánimo y burla—, y hola yo misma.

Cerró la puerta del locker, y al instante se arrepintió de ser tan confiada al creer que nadie podía verla.

Y más aún, se arrepintió de haber abierto su bocota frente a una de las personas que menos deseaba en esos momentos que descubriera la falsedad de Ashley.

Natsu Dragneel la miraba desde unos metros más allá, lo suficientemente lejos como para que Lucy no pudiera notar su presencia gracias a la puerta de metal que hasta hacía momentos le impedía la vista, pero lo suficientemente cerca como para escuchar todos los comentarios que habían salido de los boca de Lucy en los últimos minutos. Sus ojos se mostraban sorprendidos; pero estaba tranquilo, apacible, como si fuera una sorpresa que esperara encontrarse algún día, sólo que llegado antes de lo planeado.

Se miraron entre sí durante unos momentos sin cruzar ninguna palabra: Sus ojos los decían todo. Los asustados de Lucy, los sorprendidos de Natsu.

—Yo… —empezó Lucy, tartamudeando levemente. Se reprimió lo más posible para evitar sucumbir al pánico—; ¡soy la hermana gemela de Lucinda! —exclamó, y al momento siguiente quiso pegarse en la cabeza por la idiotez que había dicho.

Pero, al contrario de lo que Lucy creyó que sería la respuesta de Natsu, él sonrió abiertamente. Lucy se sorprendió por la alegría que alguien como el irradiaba con una sonrisa así, tan infantil, con todos los dientes excesivamente expuestos y que cruzaba de lado a lado su cara.

—¡Gusto en conocerte, gemela misteriosa! —saludó Natsu al momento que levantaba la mano en un ademán de saludo.

Lucy creyó que su mandíbula se caería al piso de forma dramática como pasaba en los Cartoons, pues la situación se le hacía terriblemente insólita.

—Eh… mucho gusto.

Escrutó con la mirada a Natsu para tratar de ver algún matiz de broma, pero la naturalidad con la que él se mantenía era genuina. No parecía angustiado ni nervioso, como una persona mintiendo. Era tan real que Lucy se sentía en algún programa excéntrico.

«No puede ser posible» pensó. «Nadie puede ser tan idiota como para creerse algo así».

—¿Y cómo te llamas, gemela misteriosa? —preguntó Natsu con curiosidad. Se acercó a Lucy, y ella instintivamente retrocedió desconfiaba, aun creyendo que todo era una broma de mal gusto.

—Yo… —Lucy se encogió, sin saber exactamente cómo responder a una situación así—, no puedo decir mi nombre, lo siento. —No había sido la respuesta más sabía, lo sabía. Pero, ¿y si era una broma no quedaría en vergüenza? Más bien, ya lo estaba, pero prefería no pensar en esa parte.

Natsu sonrió con decepción, pero sin dejar de parecer un idiota alegre.

—Entonces serás la gemela misteriosa —dijo—, ¡así que después no te quejes!

—Seguro.

—Gemela Misteriosa —llamó Natsu, y Lucy no quiso más que pegarle una patada para que dejara la broma, sí es que lo era. ¿Acaso se burlaba de ella?—, ¿qué haces en el colegio? ¿Dónde está Lucky? ¿Hace cuánto estás acá? ¿Por qué nadie sabe de la gemela misteriosa?

Lucy tomó aire, tratando de controlarse.

«No le voy a pegar, no le voy a pegar, no le voy a pegar…», se repetía en la mente para no sucumbir al deseo.

Ya que, en cualquier caso de que Natsu Dragneel fuera un idiota al creerla esa mentira tan de novela o de que se estuviera burlando de ella mentalmente seguirle la corriente, ninguna de las dos opciones le gustaba. Mucha idiotez, o muchas vergüenza.

Dio media vuelta, y salió caminando, como si la presencia de Natsu nunca la hubiera visto.

Él la siguió hasta afuera, lo suficientemente cerca como para que Lucy se sintiera incómoda y se viera en necesidad de apresurar el paso para lograr dejarlo atrás. Pero no contaba con que Natsu Dragneel podía caminar realmente rápido al seguir a alguien.

Soltó una maldición en un susurro, molesta consigo misma por haberse permitido un lujo como quitarse la máscara en el lugar que más detestaba. El lugar en el que Lucy más momentos desagradables había vivido desde que su nueva vida había empezado—un lugar capaz de esparcir un rumor en menos de un segundo.

Finalmente, se subió a su automóvil, y se alejó a toda velocidad, dejando atrás a la persona que podría cambiar su vida entera si lo deseaba.

. . .

En el día, Jellal había permanecido encerrado en la habitación, rompiendo cosas, gritando, descargando su ira en contra de objetos. No había dejado que Virgo, la única mucama que Lucy había permitido permanecer, entrara a su alcoba durante todo el día a arreglar el desorden que había hecho.

Al mirar su reloj, parado a las 3 de la tarde en punto, decidió que era momento de recomponerse, de seguir siendo Jellal Fernández.

Virgo no pronunció palabra al entrar a su habitación; sólo se limitó a empezar su trabajo en total silencio. Tampoco le mencionaría nada a Lucy cuando esta llegara, guardaría su secreto. A pesar de que Virgo a veces le asustaba, también sabía que podía contar con ella; ella conocía los secretos de cada uno de los integrantes de esa casa, pero no decía nada. Nada era su asunto, y al mismo tiempo lo era.

Sacudió la cabeza, desordenando sus cabellos mojados luego de haber tomado una ducha. Ya todo estaba en orden, y no había rastro de Virgo por ningún lugar.

Se dejó caer sobre la cama, con el cuerpo adolorido y sus manos magulladas por los golpes.

—Bienvenido de vuelta.

Jellal contuvo la respiración durante un momento al escuchar esa voz. Apretó los ojos, queriendo borrar de su mente aquella voz, con la intención de no volverla a escuchar. Pero no podía; aquella voz lo acosaba desde pequeño, creciendo junto a él, atormentándole en las pesadillas y en la realidad hasta el día en que su camino se dividió en dos, cuando se enfrentó a él mismo.

Porque sí, la razón por la cual todo había empezado era por él mismo. Por su interior.

Por Siegrain.

Spoiler:
Oh, Ela. No sabes cuanto me animan tus comentarios. :'D No me creo tan buena escritora como pintas que soy en todo lo que me dices; no estoy ni cerca. Pero hago lo posible. Que bueno tenerte con dudas. Es mi mayor propósito en este Fic. (?) Y, en consideración tuya, dejaré de lado mi pereza y subiré un solo capítulo a la semana. Hasta que esté a la par con FF.net
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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por Ela McDowell el Vie Jun 27, 2014 6:23 am

Hay algo que me desconcierta, y es que, según el anime, la Lucy Heartfilia que describes es en realidad la Lucy Ashley. Soy bastante lenta y hasta ahora me di cuenta de ello, por lo que no terminaba de entender la personalidad de la rubia. Siempre he tenido preferencia por los personajes de Edoras desde que los vi por primera vez. Y bueno, la verdad es hay tanto misterio envolviendo a ese trío (Jellal, Loke y Lucy) que no tengo ni idea de por dónde armar conjeturas. Lo que más me intriga es saber cuál fue el pasado de todos con Juvia y qué le ocurrió para permanecer tanto tiempo en un hospital.

Me dio risa el insulto hacia Jenny, muy original. Y la idiotez de Natsu ya era algo que hacía falta. (?)

Sabes que me gusta mucho cómo escribes; siempre enfocándote, a tu manera, de transmitir emociones y sentimientos, en vez de describir reiteradas acciones. Aunque he de decirte que tuviste un considerable número de dedazos en esta ocasión, por lo que re recomiendo volver a repasar el capítulo y corregirlos. En el final fuiste redundante al repetir tanto la palabra voz, así que ten cuidado con ese tipo de errores.

Perdón por tardar tanto en responder. Y espero el próximo capítulo en dos semanas. (?)


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Long Fic Re: Appareances & Cheats.

Mensaje por tobitaka el Vie Mayo 29, 2015 5:48 pm

Emmm...hola, ya te habia escrito antes, creo, pero me encanta la historia, en verdad he visto suficientes fanfic NaLu de misterios y solo he hallado dos, este uno que esta en pausa, hasta ahora, desde el primer capitulo, me ha encantado, y te lo vuelvo a decir porque en vedad me gustaria que lo terminaras, no se por que Lucy quiere entrar a eso lo de consejo estudiantil, pero todo se debe a que el padre de Lucy le dijo algo, tendria que leerlo otravez por que me quedaron dudas de ellos, como por ejemplo, no se de quien se esconden, no se si es de su padre, pero el le dijo algo a ella que si quería quedar a vivir sola ( si no mal lo recuerdo) habia una condicion para eso, si se acerco al grupo es por Erza, para el grupo, tampoco entiendo el por que no le dicen a todo el mundo que no son parejas, no tiene nada de malo, asi dejaría de sufrir Erza con eso, ocurrio un accidente por el cual Jude la ayudo a eso, sera que el provoco eso?, es un poco dificil sacar conclusiones con esto, si no hay suficientes piezas para armarlo, me dejas con intriga y eso lo que amo y odio de este fic, ME ENCANTA!
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Hola! me encanta el fanfic y las historias originales pero principalmente los fanfic NaLu y las de amor, tengo 17 años y soy nueva en el foro.
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