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Un regalo de navidad

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One-shot Un regalo de navidad

Mensaje por Ela McDowell el Mar Mar 25, 2014 2:25 am

GÉNERO: Drama
CLASIFICACIÓN: Mayores de 9 años.
TOTAL DE CAPÍTULOS: 1

UN REGALO DE NAVIDAD

El olor a basura penetraba por sus fosas nasales, al tiempo que el hedor se filtraba ávidamente en sus corroídos pulmones. El humo del cigarrillo que fumaba le provocaba una incesante tos, tan dolorosa en su trayecto que sentía cómo le desgarraba lentamente la garganta y lastimaba de igual forma sus cuerdas bucales. Si llegó a escupir sangre no lo recuerda.

Acostado sobre el improvisado lecho de cartón y periódico, rodeándose por los residuos y desperdicios que desechaba la gente en aquel arrinconado basurero, maldecía una y otra vez el ruido proveniente de la avenida. Personas charlando animosamente, altavoces rugiendo a un poderoso volumen, estrepitosas bocinas. Todo se confabulaba para perturbar su insufrible descanso.

El frío traspasaba sus zurcidos ropajes. Quizá la única prenda que vestía y no estaba agujerada era el sombrero de lana que había recibido como regalo en una festividad de antaño. La brisa gélida, acompañada de la nieve que caía desde las alturas y de la que no podía escapar, le calaban los huesos y entumecían las manos, mediamente cubiertas por unos desgastados guantes. Constantes escalofríos le recorrían el cuerpo de extremo a extremo.

Y allí estaba él, siendo otro miserable vagabundo en la Gran Manzana. Un hombre que tuvo todo y lo perdió. En la víspera de navidad pasada una gran tragedia le acometió, forzando al desdichado escritor a dejar a un lado pluma y papel, y con ellos las historias que en algún punto de su vida fueron su complemento y sostén. Ahora su creatividad se había apagado, como el fuego que crepita débilmente hasta extinguirse, mientras el vicio consumía lo que quedaba de él.

«Fue mi culpa, mi pecado». Es el único pensamiento al que se aferra su frágil mente carente de brío, justificando el infausto desenlace de aquella fatídica noche de invierno como un castigo impuesto por el cruel destino.

Un año había transcurrido desde la muerte de su esposa e hija, quienes perecieron abrazadas por las voraces llamas que fenecieron con sus esperanzas futuras. El incendio acabó con su casa, su familia y su carrera. Y la responsabilidad la acarreaba él, por dejar prendida la lámpara de gas cerca a las persianas de la cocina e ir a hacer un recado con premura.

Apartó violentamente los recuerdos de su cabeza. No necesitaba evocar luctuosas memorias. Los ataques de tos se volvían más fuertes e insoportables. Pero, ¿qué importaba? Tampoco aspiraba perdurar por mucho tiempo en ese duro mundo de cemento, donde los rascacielos cubrían el oscuro firmamento y las fluorescentes luces ocultaban el brillo del cosmos que se alzaba en el infinito.

Un extraño cansancio le abordó de repente. Sintió como el peso de los parpados le obligaba a cerrarlos, dejándose envolver por las cálidas mantas de Morfeo, entregándose a si mismo voluntariamente. En el sueño no existía dolor ni frío, y una suave voz le arrullaba con su femenino canto angelical, disipando toda pena y tristeza en su fuero interno.

Quería entregar su último hálito de vida.


—¡Papi, papi! —el entusiasmo con el que repetía esas palabras era música para sus oídos, una melodía a la que no estaba dispuesto a renunciar. No esta vez.

Rodeó con sus brazos la menuda figura de una niña de finas facciones y larga cabellera rubia, que caía cual cascada dorada hasta la superficie de sus hombros. Le retiró un mechón del rostro para despejarle la frente, fijándose en los refulgentes orbes esmeraldas que le veían con alegría.

—María, ten cuidado de no molestar a tu padre —ante ellos, de pie a un par de metros de distancia, les observaba con profundo amor una mujer de nívea piel y cobriza melena ondulada. Portaba un elegante vestido de seda escarlata, cuya falda estaba trabajada en seis grandes piezas de chiffón que iniciaban con un drapeado y caían para formar el ruedo.

El hombre pasó raudamente la mirada por cada detalle del recinto en el que se encontraban, llevándose una agridulce sorpresa. La fachada era nada más y nada menos que su ya perdido hogar, decorado suntuosamente para las festividades de fin de año. Había un árbol iluminado por cientos de diminutas luces de colores, muérdagos colgando del cielorraso, calcetines repletos de golosinas encima de la chimenea, donde el ardor de la lumbre mantenía tibio el interior del lugar.

¿Fuego? Su corazón dio un vuelco y se levantó rápidamente del cómodo sillón en el que yacía.

—¡La lámpara! —intentó prevenirles—. ¡Claudia, llamad a los bomberos!

La pelirroja se acercó a él y posó una mano sobre su hombro, indicándole con una cariñosa sonrisa que volviera a tomar asiento. Aún aturdido por lo que ocurría, obedeció como si de un infante se tratase. Claudia se sentó a un lado y María sobre sus piernas, ambas abrazándolo afectuosamente.

—No hay peligro, amor mío. Ya lo malo quedó atrás —susurró con afables palabras la adulta que le hacía compañía, en cuyo dedo sobresalía el anillo nupcial que juntos habían intercambiado el día de su boda.

—¿Por qué estás triste, papi? —Interrogó la menor, mientras sus húmedos ojos amenazaban con irrumpir en llanto—. ¿Es por nosotras?

Ninguna respuesta brotó de sus labios. Se limitó a guardar silencio, pues sabía que sólo conseguiría quebrarse si pronunciaba cualquier palabra de disculpa. Decidió sufrir en silencio y no preocuparles, a pesar de que en su mente estaba claro que aquel sería un encuentro efímero, una quimera que se desvanecería en cuanto despertara, si es que lo hacía.

—Papi ¿Y el libro?

No comprendió a qué se refería, por lo que ella formuló nuevamente la pregunta.

—El regalo, cariño —dijo la mujer—. El que escribirías para navidad.

De pronto la imagen de un folder lleno de papeles chamuscados invadió cada fibra de su ser, suplicándole revivir aquella época pretérita que jamás pudo sumir en el olvido.

El presente que finalizó en el transcurso de la noche, y la causa del porqué abandonó sus aposentos para dirigirse a cualquier tienda abierta en la que poder imprimir los archivos almacenados en la USB que cargaba en el bolsillo de su chaqueta. Luego, en el trayecto de regreso, el ruido de sirenas proveniente de los grandes camiones rojos que transitaban a toda velocidad por la estrecha carretera. La siguiente escena que vio le dejó horrorizado: Un incendio, la estructura cayendo hasta sus cimientos, un par de inertes cadáveres carbonizados envueltos como momias.

—Papi, ¿Terminarás el libro?

Lágrimas cristalinas le nublaban la vista cuando la marea de visiones cesó. Fuertes temblores le agitaban violentamente, pero aún le abrigaba el tibio contacto del amor que profesaban ambas doncellas. Sucumbió a sus caricias entre sollozos, desahogando las penas del suplicio que representó la pérdida de ellas.

A alguien como él, ¿qué le quedaba? La muerte le había arrebatado sus mayores tesoros. Su único anhelo era que todo acabara para así poder reunirse con su familia al otro lado de las puertas celestiales. Sin embargo, había sido un cobarde, por ello temía las reacciones de sus seres queridos durante su reencuentro, un miedo que no le permitía concluir con su mísera existencia.

Le embriagó el delicado roce de unos infantiles labios sobre su frente, y se dejó inundar por la grata sensación de sosiego que éste le causó. Inmediatamente comprendió el significado oculto tras aquel dulce gesto; una despedida, un adiós temporal.

—Estaremos esperando —concluyeron al unisono.


La imagen del nostálgico panorama se evaporó lentamente, esfumándose cual neblina empujada por el apacible viento proveniente del mar. El gélido aire penetró nuevamente por sus poros, y, aunque los ataques de tos parecían haberse calmado, el ardor no desaparecía de sus contraídos pulmones.

Abrió los ojos a pesar del cansancio, examinando con ellos la reducida habitación bañada en blanco. Una enfermera se encargaba de limpiar con paños húmedos el hilillo de sangre que colgaba de sus dedos, mientras apartaba a un lado los sucios ropajes llenos de hollín. A través de las cristalinas ventanas la brisa descendía con furia y la nieve se agolpaba para formar pequeñas montañas.

—Que bueno que despertó, señor Scotland —dijo la mujer; podría jurar que debía rondar por los veinticinco años y no tenía la suficiente experiencia laborar, pues le temblaba la mano al ver el líquido carmesí que cubría sus nudillos.

—¿Dónde estoy? —preguntó, aún agotado física y mentalmente.

—Al parecer no lo recuerda. Fue internado en este hospital luego del accidente.

—¿Accidente? —repitió el hombre, el paisaje seguía borroso ante él.

—Una verdadera tragedia lo ocurrido a su familia. Reciba usted mis más sinceras condolencias —La joven se puso en pie y, pidiendo disculpas, se retiró en busca de un par de gasas con las que atender sus heridas.

Aquella última oración le desconcertó, como casi todo lo que había experimentado durante su letargo. Con cuidado de no lastimarse, poco a poco se acomodó en una postura vertical, apoyando el peso de su espalda contra las mullidas almohadas de algodón que encontró alrededor.

Hurgó entre la vieja vestimenta posada a un lado de la cama, sobre una mesilla de roble que alojaba paquetes de comida sin abrir, hasta dar con un objeto que sólo identificó al acercarlo lo suficiente. Un móvil de cubierta azul, idéntico al que en una ocasión tuvo hacía cuatro estaciones, que vibraba conforme el aparato indicaba la entrada de un nuevo mensaje de texto. Lo abrió sin contratiempos, impulsado por la misma curiosidad que condenó al gato.

«27 de Diciembre, 2012.

No olvides tu promesa.»

Volvió a leer la fecha una y otra vez, incluso pidió el favor a la muchacha de rizos cabellos castaños, que regresaba con las vendas necesarias para su tratamiento, rectificar que no fuera un error. Ésta reafirmó que la navidad culminó dos noches atrás, recordándole que había sido trasladado al Gracie Square Hospital después del funesto incidente en su hogar.

¡¿Qué estaba pasando?! Se suponía que era 24 de Diciembre del 2013, víspera de navidad, o al menos eso era lo que marcaban los relojes y calendarios cuando se entregó a lo que creyó sería el sueño final. Oh, poderosos dioses, ¿no hay nadie capaz de explicar lo ocurrido? ¿O es acaso otra lacerante broma que desean jugarle para incrementar su martirio?

No.

A pesar de que las sombras se ufanaban, imprimió en su alma las palabras de esa electrónica misiva y las depositó en un merecido rincón del corazón. Sus pensamientos seguían formando una nebulosa maraña inconexa, tratando de encontrar respuestas a mañanas inciertas. Y sin embargo, cuando las lágrimas afloraron nuevamente, y la enfermera de turno se esmeraba en consolarle, sólo fue capaz de tartamudear ininteligibles palabras.

—Pluma y papel —suplicaba y gimoteaba.



Las suaves tonadas de aquella dulce balada envolvían el ambiente junto al calor emanado por la multitud de cuerpos que se desplazaba de un lado a otro a través del gran salón con pasos rítmicos; al olor a vino y champán, y a las agudas voces de los niños que cantaban villancicos. Aquí y allá podían oírse las animadas conversaciones de los invitados, charlas cuyo tema principal variaba de acuerdo a las bocas que las comenzaban. Los adornos para la ocasión se encontraban distribuidos y ubicados con esmero, creando una obra de arte que fomentaba la admiración de los presentes.

Y ahí estaba él, formando parte de ese maravilloso mundo, con un renovado espíritu para compartir. Las heridas no terminaban de ser restañadas, nunca sanarían, pero se le permitió redimirse consigo mismo y con quienes confiaron en que lograría cumplir su objetivo: una promesa hecha a los muertos. Brindaron en su nombre, pidieron autógrafos, y ahora le hacían compañía en su ya restaurada vivienda.

—A su salud, Scotland —decían los hombres que colaboraron en lo relacionado al arduo proceso de trabajo que hacía un mes finalmente culminó.

Era noche buena, aniversario de la tragedia, al igual que del milagro que le devolvió la voluntad que había perdido. Celebraba en casa con sus compañeros y sus respectivas familias, intercambiando regalos y conmovedores discursos para la prosperidad. No dejaba de sonreír, no le parecía correcto, porque le habían salvado y brindado una segunda oportunidad. La tomó con determinación y los resultados no tardaron en dar frutos.

—Tío Sclotland —le llamó su pequeña sobrina, la viva imagen de la hermana de Claudia. Con ella venían otros tres niños, cargando en brazos el recién publicado libro—. ¿Podrías leérnoslo, por favor? —pidió alegremente, con una amplia sonrisa que dejaba ver su perlada dentadura.

Aceptó con gusto y se dirigió al tapizado sillón de cuero, donde se sentó y observó cómo los menores hacían lo mismo sobre la fina alfombra, a sus pies. Se ajustó los lentes de grandes monturas y, tomando el libro entre sus arrugadas manos, lo abrió en la primera página para disponerse a iniciar.
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One-shot Re: Un regalo de navidad

Mensaje por Caotic el Dom Mar 30, 2014 11:40 am

A ver, a ver que me quede claro... ¿Entonces, todo lo siguiente es un sueño excepto la muerte de su mujer y su hija, y el recuerdo de ellas, o es que ha fallecido y está pensando que acaba el libro, lo lee...? ¿O es que al final se le ha dado una segunda oportunidad y vuelve a ser él una vez más?

PD: el relato me ha encantado.
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One-shot Re: Un regalo de navidad

Mensaje por Ela McDowell el Dom Mar 30, 2014 5:52 pm

Siento si te confundí. Se supone que el hombre se estaba muriendo en un principio. Mientras eso pasaba, tuvo una especie de encuentro con las almas de su difunta familia. Finalmente despertó en un hospital, el día luego del accidente, regresan en el pasado, por así decirlo. Consideraría eso una segunda oportunidad para no acabar como en el principio se decía.

Gracias por leer y darme tu opinión, me alegra mucho que haya sido de tu agrado.


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