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La Hija, la Madre y la Abuela {Relato}

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One-shot La Hija, la Madre y la Abuela {Relato}

Mensaje por Gorrión el Jue Mar 27, 2014 2:25 am

Este es un relato que escribí hace dos años para presentar al concurso de Premio Planeta Digital. Desafortunadamente no pude llegar a finalista -no dí con los votos suficientes- pero bueno, al menos quedó para la posteridad, como quién diría ¿?. En todo caso les va a dar una idea de cómo escribo cuando no se trata de un fanfic, aunque admito que mejoré en los últimos dos años también.

La Hija, la Madre y la Abuela
GÉNERO: Relato - Fantasía
CLASIFICACIÓN: ATP
TOTAL DE CAPÍTULOS: 1

 La primera en morir fue la Hija, la doncella, la virgen. Ella tenía por pasatiempo y modo de vida la casería y, dicen algunos, también la cría de perros. Quienquiera que intentara seducirla, hombre o mujer, criatura feérica o cual fuera su especie, habría oído cómo mismísima voz de La Naturaleza se reía de él o ella. La Naturaleza era así, veleidosa, y había decidido que su doncella continuaría así, ajena a toda seducción, hasta el último de sus días. Ella sólo se dedicaba a, de día, correr por los bosques con su arco y flechas y en compañía de sus perros y, por la noche, a alimentar a las crías de todas las especies que ella misma había dejado huérfanas. Era una tarea larga y por eso resultaba una gran ventaja el no necesitar dormir. Ella era sabia a su manera, conocía a la perfección la medida de lo justo y lo necesario, del equilibrio entre el bien y el error, pero no todos pudieron comprender ese tipo de sabiduría y ahí comenzaron sus problemas.
    Los primeros humanos fueron quienes no comprendieron o, lo que es peor, comprendieron mal. La acusaron de pecar de lozanía y juventud, de perpetuar un equilibrio que para ellos no tenía el menor sentido y la llamaron “deidad caprichosa”. Ellos no imaginaron que el pequeño espejo que la acompañaba no le devolvía el reflejo de su belleza, si no que le enseñaba el rostro de un muchacho, un fauno sonriente. Se burlaron de un objeto tan tonto y la acusaron de criatura narcisista. Para finalizar, la erradicaron de sus memorias y así fue como la hija murió primera, y junto a ella sus perros enfermaron y, aunque resulte paradójico, muchos animales de los bosques se extinguieron.
    La segunda en morir fue La Madre, la protectora, la dadora de todo, personificada como una mujer abundante en el más amplio de los sentidos. Suya era la sabiduría oculta tras la practicidad, pero como sucede con muchas madres, en ocasiones sus hijos no logran comprenderlas. A veces, incluso, se llega al punto de no aceptarlas siquiera y esto es lo que ocurrió con ella. Como era la madre, suyos eran todos los hijos existentes y de cada uno ella se ocupaba. Pero no todos sus hijos estaban felices de tener tantos hermanos y por eso fue que los segundos humanos, descontentos todos y cada uno por no ser hijos únicos, decidieron vengarse. Ellos no comprendían que así como el dolor, el amor tampoco puede ser objeto de medición y que el corazón de La Madre era lo suficientemente espacioso como para albergar en él a todos ellos o, si se quiere, que su cuerpo era capaz de albergar un corazón particular para cada uno. Ella intentó explicárselos como toda madre, primero con amabilidad y luego con firmeza al ver que sus palabras no causaban efecto, pero nada obtuvo con ello. La ira de sus hijos continuó creciendo y llegó a su punto máximo cuando descubrieron que ella no sólo poseía hijos, si no además un pequeño espejo. Ellos no sabían del pasado de La Hija, su primera hermana mayor, ni de la posesión de ésta sobre un artefacto similar en el cual, a diferencia de ella, La Madre veía en el cristal no el rostro de un fauno, si no el de un hombre barbudo y astado. Pero aun así con eso les bastó para juzgar su madre como tonta y desconsiderada, y con ello la olvidaron al punto de sólo llegar a apreciar –y sólo en cierta medida- a su propia madre terrenal.
    La tercera y última en morir fue La Abuela, venerable y alimentada con la sabiduría que sólo los años, pasando, son capaces de dar. Fue duro para ella el ser la única que viera a La Hija y La Madre caer, pero también fue justo porque era ella la más fuerte de entre las tres y, por tanto, quien mejor lo sobrellevaría. Ella fue lo suficientemente sabia como para comprender que el llorar no perjudicaría a nada ni nadie y que por tanto era perfectamente libre de hacerlo, pero prefirió renunciar a ese privilegio tan autocompasivo y en su lugar levantarse, pensar y actuar.
    Los terceros humanos deseaban desesperadamente deshacerse de ella, pues no veían ni la más mínima utilidad en una deidad desdentada. En realidad, simplemente ya no necesitaba alimentarse de nada: ya todo estaba en ella y ya todo lo sabía. Pero, tal como habían hecho sus antepasados en su momento, estos humanos no lograron comprender ni uno de los aspectos de este ser. No fueron más allá de su fachada y la llamaron despectivamente “boca inútil”. Intentaron erradicarla también: fue ella quien más desesperadamente se aferró a la tierra con sus dedos huesudos, pero a ella también lograron arrancarla. Con el tiempo ella también desapareció de la memoria de los humanos, y ninguno jamás descubrió aquel pequeño espejo que ella había tenido en su poder, aquel en donde cada vez que miraba lograba ver en él a un hombre bonachón de barba larga y blanquecina.
    La Naturaleza lloró la pérdida de sus tres deidades con tormentas de aire, de agua, de fuego y de tierra, pero nada de eso fue suficiente para calmarse a sí misma. Ella, madre de las tres sabias, reconoció muy a su pesar que quedaba un quinto elemento al que podría atormentar: el espíritu. Ella también amaba a los humanos –eran para sí como una suerte de tataranietos- pero era ineludible el echo de que ellos habían obrado mal y que, ahora, deberían ser castigados por sus actos.
    La Naturaleza sembró dudas de día y sueños de noche, y las conciencias de los hijos de los humanos no solo estuvieron intranquilas, si no que también comenzaron a recordar. No todas, desde luego, pero como diría La Madre “sí las justas y necesarias”. En realidad, con sólo un recuerdo que se perpetuara La Naturaleza habría estado satisfecha, pero le pareció demasiado cruel dejar a sólo un humano luchando con las imágenes que se plantarían en su cabeza: el resto de los humanos lo acusarían de demencia y no sólo su vida estaría plagada de sufrimientos, si no que además correría la misma suerte de Ellas y, con el tiempo, sería olvidado. En su lugar La Naturaleza decidió dar a todos la posibilidad de recordar, aun a sabiendas de que muy pocos harían uso de semejante privilegio. Así fue justa, pues los humanos mantuvieron ese libre albedrío que por siglos los caracterizó y aquellos que recordaron y no temieron creer no se sintieron tan solos.
    Pero si con sólo hacer recordar La Naturaleza se hubiese sentido realizada, nuestra historia ya habría finalizado. La Hija, La Madre y La Abuela habían resucitado en las mentes de estos humanos pero, como diría una partera, les faltaba un pequeño empujón para acabar de nacer y en ese empujón radicó la importancia de festejar. Aunque, ¡debieron festejar a lo largo de todo un año para que ellas lo consiguieran!
    Contra todo pronóstico, la primera en ser festejada fue La Abuela: hablando con sinceridad, a ninguno de los humanos le pareció prudente hacerla esperar.  Sus festividades comenzaron el día en que la primera hoja de todos los árboles del lugar cayó, seca, al suelo y acabaron con el día más frío del año. En su honor los humanos compartían entre sí grandes festines benditos, en donde los frutos secos y el vino parecían ocupar un lugar primordial en la mesa. De sus alimentos reservaban porciones generosas para las ausentes, y a ellas se las enviaban simplemente enterrándolas, luego de un par de palabras mágicas y bienintencionadas. Y así fue como La Abuela fue la primera en volver a nacer, y trajo consigo historias de sus sueños, pues había pasado todo ese tiempo durmiendo a la espera.
    La segunda en ser festejada fue La Hija, y la suya fue la festividad más alegre de todas. Los días fríos habían acabado, los árboles habían recuperado sus follajes y las flores –valga la redundancia- florecieron. Los humanos se entregaron al canto y al baile, y la animosidad incluso fue contagiada a personas que nada tenían que ver con los festejos. Ella, rauda como una flecha, se hizo presente y contribuyó a que la animosidad fuera aun mayor. No pudo traer con ella a aquellos animales que tras su partida habían desparecido, pero sí –tal como La Abuela hizo con sus sueños- el recuerdo de muchos.
    Y la última de todas fue La Madre, la más paciente de todas, por fortuna. Suyos fueron los festejos de la época en que las flores de La Hija empezaron a convertirse en frutos, y se extendió hasta que el último de éstos cayó de su árbol, maduro. La mesa puesta en su honor había sido más o menos tan abundante como las anteriores, y quizás gracias a éste pequeño error fue que La Madre regresó de pronto, con gesto reprobador pero también divertido. Ella les pidió que en lo sucesivo dispusieran de ofrendas mucho más modestas en lo que a sus fiestas respectaban: el alimento ahora era muy abundante, sí, pero se avecinarían épocas de escasez para las que habrían de estar preparados si no querían perecer ni pasarlo mal. Las suyas nos serían fiestas de puro derroche, si no de agradecimiento a la Naturaleza por todo lo dado y de esperanzas para el futuro.      
    Y así fue como Ellas desaparecieron, “murieron” como diría un humano común. Mas los suyos no fueron descansos eternos, y La Naturaleza se aseguró de que sí fueran provechosos y tuvieran, algún día, fin. Ellas no perdonaron a nadie pues ya no había nada que perdonar y regresaron a sus actividades de antaño, esas que tanto adoraban. Velaron en su tiempo por el mundo y lo volverían a hacer. Pero… ¿quiénes velaron por él en su ausencia, se preguntaron los humanos? No La Naturaleza, se dijeron, pues éste no era el único mundo a su cuidado y debía de estar ocupada. Algunos se respondieron que era un auténtico misterio. Otros sospecharon de aquellos tres espejos que cada una de Ellas poseía.
    Fuera cual fuera la respuesta, La Naturaleza rió.
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One-shot Re: La Hija, la Madre y la Abuela {Relato}

Mensaje por Ela McDowell el Jue Mar 27, 2014 8:20 pm

¿Quieres que te de mi opinión al respecto? Pues bien, sólo dos palabras bastan para ello: Me encantó. La manera en que escribes es suave, sin llenar el relato de descripciones que estorbarían, por lo que supiste implementar de manera adecuada cada palabra. Es bello y conmovedor, incluso triste en su propio aspecto. La hija, la madre y, finalmente, la abuela. «Los padres no deberían ver morir a sus hijos, y menos verlos caer lentamente a manos de los propios», fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando ya sólo quedaba esta última.

Me embargó de felicidad el momento en que renacieron, como espero le pase a muchos. Llegué a preguntarme cómo será cuando el hombre erradique la hermosura del mundo, y si ésta podrá volver a florecer al pasar del tiempo en el viejo reloj de la madre tierra. ¿Mi parte favorita? El último párrafo. Siempre he encontrado divertida la ignorancia de los humanos, más cuando "lo único que sé es que nada sé".

En fin. Espero poder disfrutar de otras de tus historias tanto como con esta. Muy buen trabajo.

Saludos.


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One-shot Re: La Hija, la Madre y la Abuela {Relato}

Mensaje por Rania el Vie Mar 28, 2014 8:49 pm

No estuvo mal.

Tiene un punto de vista especial esta historia y fue agradable leerla. También disfruté la obvia ignorancia y el desarrollo en sí. Tu narración no es mala, pero sí te aconsejaría separar más los párrafos, es menos cansado leerlo así, aparte de que se ve ordenado y no amontonado.

Bonito, bonito.


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One-shot Re: La Hija, la Madre y la Abuela {Relato}

Mensaje por Gorrión el Sáb Mar 29, 2014 1:08 am

Gracias por sus cometarios~
A vos, Kira, ya te agradecí en realidad uvu pero te repito que tu comentario fue muy agradable de leer, es interesante ver una reacción del relato tan detallada.
En cuanto a Lee, muchas gracias también~. Y sí, debería hacer algo respecto a los párrafos de ahora en adelante desde un punto de vista estético.
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